“Hola Aguijón. Pensé que te habías ido para siempre”

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Todos tenemos un aguijón. Puede ser una debilidad o una tentación que nos invade. Un mensajero de Satanás… Permitido por Dios.

Pasaje: 2 Corintios 12:6-10

Versículo Clave: “Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera” (V. 7)

La pantalla de la computadora me miraba, el cursor parpadeando en la página en blanco. El entumecimiento que se ha apoderado de mí por meses era peor que nunca esa mañana. Mis pensamientos esparcidos. El escribir se habría convertido en un esfuerzo gigantesco mientras mi cerebro negaba el flujo natural de ideas. Tenía una meta que cumplir y 600 palabras que producir.

“Te necesito Padre. Hoy no puedo escribir”.

El aguijón en mi carne gritaba, paralizándome. Mi vieja enemiga, Ansiedad, la cual yo pensaba había sido derrotada hace casi dos décadas había regresado para atormentarme de nuevo.

Todos lo tenemos. El aguijón. Puede ser una debilidad o una tentación que nos invade. Vamos por la vida experimentando momentos cuando el aguijón de la carne es muy evidente o, como en mi caso, puede que pasen años sin que le notemos. Pero un día, cuando menos lo espera, empieza a levantar su horrorosa cabeza.

El aguijón en la carne. Un mensajero de Satanás… permitido por Dios.

Pablo nos recuerda que el aguijón sólo existe porque Dios así lo permite. Tiene un propósito específico. En el caso de Pablo, el aguijón fue permitido para que “no me exaltase desmedidamente”, (V. 7)

Creo que si somos honestos podemos identificarnos con Pablo. Bien sea en trabajos seculares o en alguna capacidad ministerial, podemos ser tentados al pensar que nosotros solos somos responsables por nuestro éxito o promoción. O que nuestro ministerio está creciendo. No sé usted, pero no hay nada como una debilidad, algo que nos haga entender lo frágil que somos, que nos baje rápidamente de las nubes y afirme nuestra insuficiencia… nuestra dependencia absoluta en nuestro Dios.

“Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (V. 9)

Me arrodillé en el piso y le dije a Dios cómo me sentía. Tenía un par de horas para terminar el artículo y ni una sola palabra en el papel. Dios tuvo que revelarse en medio de mi debilidad, en medio de mi dolor.

Al sentarme a escribir, mis dedos escribían rápidamente palabras. En una hora habría terminado el artículo. Más tarde ese día mi editora confirmó el milagro que yo había experimentado y escribió: “¡Gran artículo! No cambiaría una sola palabra”.

No puedo decir que fui yo. Él lo hizo. A través del dolor. Nuevamente.

Hay momentos en nuestro caminar cuando el aguijón en nuestra carne parece gritar más fuerte que las promesas que Dios nos ha dado. Es en esos momentos que se nos invita a mirar y ver que El Shaddai, Dios Todopoderoso está trabajando a través de nuestras debilidades con el propósito de demostrar Su omnipotencia y lealtad.

Hay días cuando puede que seamos tentados a creer las mentiras predicadas por el evangelio de prosperidad, el cual grita que podemos nombrar y reclamar cualquier cosa en el Nombre de Jesús, y será hecho. Puede que seamos tentados a nombrar el problema y reclamar liberación. Debemos recordar que el evangelio verdadero dice “Hágase tu voluntad y no la mía”.

Hay valles muy profundos y largos que podemos ser tentados a pensar que nuestro trabajo pasa por debajo del radar y nadie lo nota y que nuestro viaje no nos conduce a ningún lado. Es en esos días que Dios nos invita a cerrar nuestros ojos y tomar Su mano, confiando sólo en Él para el próximo paso. “Un paso”, dice Él. “Sigue Mis pasos de gloria en gloria, de gracia en gracia”.

Cuando Dios no remueve problemas de nuestras vidas, debemos recordar que Él nos da algo más grande que sanidad, que liberación. Él nos da Su gracia. Gracia que significa Su buena voluntad hacia nosotros, demostrada en la corona de espinas que Él llevó en la cruz por usted y por mí. La gracia que nos salvó es más que suficiente para fortalecernos en nuestra debilidad.

Él aguijón en la carne. Hoy lo enfrento con una actitud diferente a la que tuve hace 20 años. Me humillo al entender que nadie puede ser un gigante en la fe sin gracia. Me humillo al entender cuánto dependo de mi Salvador.

Él desea ser suficiente para mí, por eso el aguijón.

No me gusta, pero le doy la bienvenida. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Versículos para meditar:

“Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”, Romanos 8:37-39

“Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”, 2 Corintios 12:10

“Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en Él confiaré; mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio”, Salmos 18:2

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