Y el Óscar es para…

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Actuar como si todo está bien y guardar las apariencias sólo hace que te demores más en dar los pasos necesarios para recuperarte, alargando así tu derrota.

Espero que no sea para ti. De corazón espero que no te lleves el Óscar esta vez...

Yo me llevé unos cuantos a la mejor actriz durante todo un año. En ese entonces mi hijo mayor tenía apenas unos meses. Habíamos estado sirviendo en la iglesia de mi esposo y aún no teníamos claro cuál era el siguiente paso.

Parecía que siempre estábamos en conflicto, que no encajábamos en ningún sitio. Teníamos problemas con las autoridades, que no tenían aún la visión de trabajar con indígenas. Ese era nuestro llamado, esa era la razón por la que estábamos en Amazonas, Venezuela, pero sentíamos que luchábamos contra corriente, que nadie entendía nuestras razones.

En realidad, el único problema era que aún no era el tiempo de Dios para nosotros, que Él todavía no había terminado de pulirnos y prepararnos para el ministerio... pero no lo comprendimos, ese es el tipo de cosas de las que te das cuenta después.

Sumado a nuestros problemas en la iglesia, nuestro matrimonio también pasó por una crisis. Yo no me acostumbraba aún a vivir aquí, no soportaba la incomodidad, la estrechez económica y no entendía a las personas, especialmente a las mujeres. Todas parecían ser amables, pero ninguna parecía dispuesta a tener una relación más allá de la cortesía.

Me sentía terriblemente sola y extrañaba mi hogar, mi gente, mi mundo. Además de eso, con mi primer embarazo subí mucho de peso, unos 40 kg que no podía bajar de ninguna forma. Me sentía mal conmigo misma, mal con mi esposo, incompetente como madre primeriza y sola en el último rincón de la tierra.

Mi relación con Dios comenzó a deteriorarse. Mi esposo también pasó por un bache espiritual. No orábamos juntos, no orábamos por separado, no leíamos ni memorizábamos ni estudiábamos la Palabra como antes. Estábamos completamente perdidos y en lugar de acercarnos a Dios en busca de respuestas, nos alejamos con todas las preguntas.

Ahí fue cuando gané mis Óscar a la mejor actriz.

Mi esposo tan sólo se congregaba los domingos, pero me llevaba a la iglesia durante la semana para las reuniones de oración, de mujeres y estudios bíblicos. Seguía siendo maestra de Escuela Dominical, enseñando a mujeres, discipulando... incluso pedía oración por mi esposo para que pudiera mejorar su relación con el Señor. Por supuesto, no pedía oración por mí, yo era la que estaba bien, la fuerte, la espiritual...

...la actriz.

Mi esposo era sincero en su confusión y en su dolor. Él sabía que tenía cosas que arreglar y que necesitaba tiempo para hacerlo. Yo me dediqué a fingir que todo estaba bien, que no me pasaba nada, que seguía firme en el Señor, bien en mi matrimonio y perfectamente adaptada a la vida aquí... Creo que sobra decir que mis heridas fueron más profundas y tardaron más en sanar que las de mi esposo.

Y de hecho fue él quien me ayudó a salir de mi dolor, dejar atrás los problemas y restaurar mi comunión con Dios una vez que él se recuperó de la decepción y la amargura, superó todas las pruebas y, simplemente, comprendió que si Dios nos había llamado, Él sería quien pusiera todo en orden y abriera las puertas necesarias en Su tiempo para que nosotros pudiéramos cumplir con ese llamado.

Puedes fingir de puertas para afuera. Quizás seas tan buena actriz como yo y nadie se dé cuenta de que estás sufriendo, de que estás pasando un mal momento... pero Dios sabe. Dios conoce tu corazón mejor que tú misma.

“Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; Has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, Y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me rodeaste, Y sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; Alto es, no lo puedo comprender” – Salmo 139:1-6

Dios sabe que estás fingiendo, Dios sabe que estás pasando un mal momento, que no estás bien, que las cosas no son color de rosa, que tu sonrisa no es genuina, que el dolor invade tu corazón.

No dejes que la confusión y el dolor te cieguen, no sigas actuando...

...No te alejes de Dios. Cuesta, lo sé. Estás llena de preguntas sin respuesta, de dudas, de cuestionamientos... Pero el mantenerte cerca de Dios va a ser lo único que te libre de la amargura y el desánimo. Ora aunque no tengas ganas, no dejes de leer la Biblia, no dudes de cada una de las promesas de Dios. Confía en Sus tiempos, confía en Sus razones.

...No te alejes de tu iglesia. No dejes de congregarte, no dejes de compartir tus luchas. No hace falta que entres en detalles, si no quieres compartir tu historia, simplemente pide a tus hermanos en la fe que oren por ti, que te apoyen y te sostengan en oración.

...No te alejes de las personas. Siempre viene bien un hombro en el que llorar, alguien con quien tomar un café o salir a pasear. Si tienes a tu familia cerca, ¡aprovéchala! Si no, comparte con alguna amiga en la que puedas confiar. Y si realmente no tienes a nadie, ora y pídele al Señor que te provea de una persona en la que poder apoyarte.

...No te alejes de tu esposo ni de tus hijos. Ellos son los que viven contigo 24/7. Aunque no quieras compartir que algo anda mal, ellos lo van a saber, lo van a sentir, lo van a intuir. Aunque tus hijos sean pequeños y no puedan entender lo que te pasa, busca su apoyo. Mis hijos han ayudado a aliviar mi carga en los momentos de mayor angustia en los que mi esposo estaba en la selva durante semanas sin que tuviéramos noticia de él. Cuando ya no podía soportarlo más, los reunía y orábamos juntos, por papá y por nosotros. Y eso siempre aligeraba mi corazón.

Quizás tengas ya unos cuantos Óscar en tu estante... No puedes cambiar el pasado, van a seguir ahí, pero utilízalos para cambiar el futuro, para actuar de forma diferente la próxima vez. Si dejas de fingir, el dolor va a permanecer, la prueba no va a desaparecer, pero probablemente tardes menos en sanar. No finjas... recuerda que siempre hay alguien que te conoce mejor que tú misma.

¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás Si tomare las alas del alba Y habitare en el extremo del mar, Aun allí me guiará tu mano, Y me asirá tu diestra.” – Salmo 139:7-10

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