Vocación como lugar de misión

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No todos son llamados a ser ministros, pero todos podemos y debemos ministrar desde nuestros lugares de influencia, incluyendo en el trabajo.

Aún recuerdo la angustia en los ojos de esa joven cristiana universitaria, estudiando empresariales con verdadera pasión, pero llorando mientras me decía: “Quiero ser útil para el Reino de Dios, pero no se cuál es mi llamado”. Me argumentaba después que odiaba hablar en público, por lo que descartaba ser predicadora, y que haría un flaco favor a los oídos de la humanidad si intentase unirse al equipo de alabanza en su iglesia local.

Por esos motivos se sentía verdaderamente bloqueada al pensar que era inútil para la causa del Reino de Dios. Además, se sentía sinceramente egoísta por arder con tanta pasión por su carrera y por desear ser una excelente profesional, y sin embargo mostrar tan poca emoción por asumir un ministerio de entre los ofertados en su comunidad local.

A ella, como a muchos otros, no se le había enseñado que la estrategia de Jesús para extender su Reino sobre la tierra no es encerrar a los cristianos dentro de edificios llamados “Iglesias” mientras se sirven a sí mismos, sino dispersar a su Iglesia por el planeta tierra, en cada área de influencia social, con el llamado de ser agentes de restauración en un mundo roto por el pecado. Y esa tarea emocionante y peligrosa, ese gran llamado modelado por el mismo Jesús en los Evangelios, está diseñado para desarrollarse desde nuestra vocación.

‚ÄčTristemente, el caso de esta chica no es un caso aislado. Me atrevería decir que la pregunta “¿Cuál es mi llamado?” está en el “top ten” de las preguntas más frecuentes de los jóvenes cristianos. Y una generación confusa acerca de cuál es su llamado, es evidencia de un liderazgo eclesial que no está sabiendo exponer con claridad este asunto tan importante para el avance del Reino de Dios, mientras que jóvenes con talento se sienten castrados en su llamado por no entender que su vocación es el medio a través del cual Dios desea que lleven a cabo la misión.

Si tú tienes esa misma pregunta, déjame que yo te pregunte:

¿Tu vocación es ser médico? Atiende a las necesidades de tus pacientes con dedicación, pero mientras lo haces busca la ocasión de recetar la cura para la enfermedad del pecado que es el Evangelio.

¿Tu vocación es ser un mecánico de coches? Repara coches con excelencia, pero mientras lo haces busca la oportunidad de colaborar con Dios en la reparación del corazón de los accidentados por el pecado.

¿Tu vocación es ser madre? Cuida a tus hijos con pasión, pero mientras lo haces abraza a los hijos pródigos de este mundo y enséñales el camino de vuelta la Casa del Padre.

En nuestro grupo de diálogo en la Convocatoria de Alianza Joven, imaginábamos cómo sería una comunidad que entrenase a su gente en la tarea de ser agentes de restauración en un mundo roto desde sus puestos de trabajo, siendo Iglesia en sus institutos, oficinas, comercios y barrios. Imaginábamos una enseñanza estratégica que equipase a los fieles para hacer de este mundo lo que Dios desea que sea –pero que el pecado impidió– mientras confrontan la injusticia cotidiana y expanden la misericordia por las calles.

Imaginábamos a la comunidad el domingo, honrando los avances del Reino logrados hasta el sábado y orando por aquellos que son enviados a partir del lunes a la misión: Fontaneros, doctoras, albañiles, estudiantes… dispersos en el mundo como la levadura en la masa, esperando que el calor del Espíritu Santo los active como fuerza transformadora.

También concluimos que, para hacer lo que Jesús hizo, tenemos que ver el mundo como Jesús lo vio. El Evangelio de Mateo capítulo 9 dice que Jesús recorría las grandes ciudades, pero también las pequeñas aldeas, predicando el Evangelio del Reino y demostrando sus efectos mientras sanaba a los enfermos y liberaba a los oprimidos. Pero manifiesta que “al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor”.

En otras palabras, Jesús podía ver detrás de la maldad de los hombres, de sus palabras hirientes y actos egoístas, almas rotas por el pecado. Como vasos que cortan porque están rotos. Y pudiendo condenarlos, decidió salvarlos. ¿Por qué? Porque vio profundamente y esa mirada profunda del alma humana despertó compasión en él.

Si nosotros vamos a continuar con lo que Jesús comenzó, necesitamos el impulso de la compasión; lo necesitamos porque si no, no lo haremos. Y para ello es necesario ver a las personas, pero verlas profundamente, de la manera que sólo el Espíritu de Cristo puede hacernos ver. Necesitamos los ojos Jesús para ver a las ovejas perdidas, si queremos ser sus manos para recogerlas.

Juntos oramos lo que Jesús oró en ese momento: “Verdaderamente la mies es mucha y los obreros poco, envía obreros a tu mies”. No oramos por la mies, Jesús nunca nos pidió que orásemos por ella, oramos por los obreros, oramos por ti que estás leyendo estas líneas. Rogamos a Dios que despiertes a tu llamado y recojas la mies madura que ha crecido a tu alrededor, con la herramienta que Dios ha puesto en tus manos que es tu vocación. No sin sudor, no sin lágrimas, pero extrañamente confortados e inexplicablemente gozosos.

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