Una vida transformada

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¿Alguna vez has hecho una pausa para pensar en detalle todo lo que ha cambiado en tu vida desde que conoces a Jesús?

“De modo que si alguno está en Cristo nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” – 2 Corintios 5:17

Vi la siguiente frase en Facebook y pensé de inmediato de dónde me ha sacado Dios y cómo, hasta aquí, Él ha sido fiel conmigo: “Sabes que estás en el camino correcto cuando pierdes el interés por mirar atrás”.

De alguna manera, sentía que la vida me estaba quedando a deber. Treinta y ocho años y sentía que mi vida era un desastre tras otro: mi matrimonio, mi familia, mi empresa y mis finanzas eran ídolos que construí con afán y necedad, y que Dios (no sabía que era Él) se encargó de ir derrumbando hasta quedar desnuda y desvalida y con la mirada perdida en la desesperanza.

Toda meta a la que aspiré, todo deseo que pensé que me daría paz cuando se hiciera realidad, formaban un enorme vacío donde Dios era una palabra lejana, una palabra que nombraba sólo para reclamar, quejarme, maldecir. Dios era ese viejito que desde la infancia imaginé, que esperaba el momento para aplastarme cada vez más, hasta hacer desaparecer mi triste vida.

No sabía entonces que Dios es amor. No sabía entonces lo que hoy he experimentado una vez tras otra: Dios es misericordia inagotable. Dios es esa presencia que se reveló a mí en aquel frío enero de 2009, cuando arrinconada por mi pecado, cansada de mí y de mis suficiencias, el Espíritu me llevó a rendirme a su Palabra y así conocer a Jesús, mi amado Rey.

En su Palabra he hallado la fidelidad que nadie me puede ofrecer, el gozo de estar vestida de su gracia cuando el pecado propio y ajeno sobreabunda en mi vida; en su Palabra hallo la confianza de saber que Jesús, en la cruz, me liberó de mis circunstancias pasadas, y en su resurrección me abrió el camino hacia el trono del Padre. Y a eso me atengo; me he aferrado en estos años que han pasado como un soplo a saber que el que comenzó en mí la buena obra, la terminará para llevarme a su presencia. A su amor corro cuando las batallas (porque continúan las batallas) las pelea Jehová de los Ejércitos por amor a mí; y en el nombre de Cristo me refugio cuando lo pronuncio buscando ayuda, descanso, protección.

Dios ha cambiado mi lamento en danza, ha quitado mi luto y me ha vestido de alegría, ha liberado mi alma de la culpa y me ha dado libertad de seguir, en amor, en agradecimiento a Jesús y sin interés por lo que quedó atrás. Oro para que nunca me aleje de Él, sin voltear a ver el pasado con nostalgia, con interés, con reclamo. Si acaso he tenido que mirar cosas de mi vida antes de Cristo, su Palabra me recuerda que soy una nueva criatura, y que todo, absolutamente todo, es basura al lado de la libertad de Jesús, y trato (no siempre triunfo) de no estacionarme ahí, sino de extenderme a lo que está adelante.

¿Qué hay de ti, querida hermana? No soy ejemplo de nada, porque falta mucho por trabajar en mí… Pero sí quiero invitarte hoy a pensar en cómo Dios, su Palabra y su Hijo han cambiado tu vida. ¿Te animas a escribirle al Señor, sólo tú y Él, una pequeña carta de agradecimiento por quién Él es y por cómo su amor, transforma vidas? ¡Dios te mostrará!

Por Claudia Sosa de González

 

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