Una fuente de consuelo

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No importa el pozo de desesperación en que hayamos caído, en los Salmos hay consuelo para todos.

“Abatida hasta el polvo está mi alma; vivifícame según tu palabra”, Salmos 119:25

Dios ha dispuesto el libro de los Salmos como una fuente de consuelo, para vivificar nuestras almas en esos momentos en que nos sentimos desfallecer hasta el polvo. El pueblo de Dios, a través de las edades, ha encontrado en los Salmos un manantial de aguas vivas para mitigar su sed, porque ellos resumen la amplia gama de emociones humanas que todas sentimos y atravesamos.

Los Salmos no son sólo la refinada expresión de la poesía hebrea producto de un arcoíris de sentimientos humanos. Si bien es cierto que fueron escritos por siervos de Dios muy piadosos, como David, Hemán, Asaf, los hijos de Coré y hasta Moisés, quien escribió el Salmo 90, no debemos perder de vista que son Palabras inspiradas por el mismo Dios para revelarnos grandes y profundas verdades, cuyo fin último era impartir consolación por medio de la perspectiva profética que anunciaba la venida del Mesías redentor a su pueblo.

Sepamos que en momentos de desaliento, los Salmos pueden reavivar nuestras almas, así como el resto de la Palabra de Dios. Por eso el salmista ora: “Abatida está mi alma hasta el polvo”, ¿y qué pidió como remedio a su mal? “Vivifícame según tu Palabra; sólo tu Palabra puede renovar, avivar y restaurar el alma” (Salmo 19:7).

Amadas, sólo la Palabra de Dios puede devolver la vida a nuestras almas cuando estamos desalentadas. Pedro dijo “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68), y el mismo Cristo dijo en Juan 6:63 “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida”. Así que, no importa el pozo de desesperación en que hayamos caído, en los Salmos hay consuelo para nosotras. Naveguemos en su manantial y seremos renovadas.

Oración: Gracias Padre por el Salterio y la gama de experiencias en él registradas. Gracias porque ellas nos alientan e imparten consuelo. En el nombre de Jesús, amén.

 

Por Carmen García de Corniel

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