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Un título que no merezco

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Jesús vino por nosotros para otorgarnos el título de “conquistadores”

También me dijo: “Ya está hecho. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed, yo le daré a beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida.” – Apocalipsis 21:6

En este mundo es fácil sentirse derrotado.

Ocurre en el lugar de trabajo cuando una cultura corporativa exprime el elemento humano para que el balance final esté a su favor. Ocurre entre parejas casadas cuando las exigencias imposibles de uno de ellos nunca se cumplen. Ocurre en la universidad y en la escuela secundaria cuando la presión de los compañeros nos quita la determinación de hacer lo correcto a cambio de ser aceptado. Y sucede en el recreo cuando un puño levantado o un comentario cruel nos hacen retroceder con miedo.

Y si el mundo no lo hace, nos lo hacemos a nosotros mismos. “No hay manera de que puedas lograr eso”, nos decimos. “¿A quién estás tratando de engañar?” “¡Por tu propio bien, ríndete!”

Me pregunto cómo siguió adelante Jesús en un mundo tan pesimista. Sea que leas o no la Biblia, probablemente sepas que las tentaciones que enfrentó Jesús en el desierto son bien conocidas: convertir las piedras en pan, saltar desde un lugar alto llamando a los ángeles para que lo protejan y adorar al diablo. Pero ¿qué acerca de los ataques diarios que enfrentó como toda persona, aumentados porque Satanás sabía que era el Hijo de Dios? Jesús enfrentó las presiones sociales y las luchas internas que conocemos como seres humanos. Después de todo él era, en todos los aspectos, como nosotros: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado” (Hebreos 4:15).

Jesús, que conoce el mundo al que nos enfrentamos, es capaz de identificarse con cada una de nuestras imperfecciones, debilidades y temores. Él nos ve y no nos da la espalda. Y quizás, aún más notablemente, él vino por nosotros para otorgarnos –a través del don de la fe– el título: “conquistador”, venciendo al pecado, la muerte y el diablo por ti y por mí.

Jesús nos ha otorgado gratuitamente el agua del manantial de la vida sin que nosotros tengamos que pagar. El costo, como sabemos por fe, fue invaluable. Acongojado por nuestros pecados Jesús fue a la cruz en nuestro nombre, llevando el execrable peso de nuestro pecado con él. Sufriendo dolor y lesiones graves por un mundo caído, Jesús ofreció su vida como un sustituto por la nuestra. Fue a la tumba y de la tumba se levantó, cumpliendo la promesa del Padre de redimirnos y concedernos un lugar en su mesa en el paraíso.

“¡Demos gracias a Dios por su don inefable!” (2 Corintios 9:15).

ORACIÓN: Padre celestial, que le has dado a tu Hijo el lugar de honor supremo y nos has concedido que conquistemos con él, haz que nuestras vidas lo honren plenamente. En el nombre de Jesús. Amén.

Por: Paul Schreiber

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