Un grito de clamor

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Cuando somos débiles, el poder de Dios nos sobrepasa a través de la oración.

“Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” – 2 Corintios 12:10

Estar al borde de mí misma. He estado en ese lugar un par de veces, es el momento en el que dices: “ya no puedo más”. Y es cierto, ya no puedes más. Tiempos en el que lloras sin consuelo que valga. Momentos dónde no sabes quién eres, para qué vives, y te convences de que ese es el fin.

¿Te ha pasado?

Bueno, pues déjame decirte que todo eso tiene un propósito divino, habrá momentos donde Dios nos llevará al llanto, nos llevará a la prueba, al límite de nosotras mismas. No porque sea un Dios malo; al contrario, él sabe que nuestra inclinación natural es exaltar el ego interior, y en esa condición no podemos acceder a Dios.

Es necesario que el fuego de la prueba nos consuma, nos lleve al extremo de lo humano, para que sólo allí Su poder sobrenatural actúe en nosotras; de esta manera ya no confiaremos en las aparentes fortalezas que tenemos, nuestra fortaleza absoluta será Él. Pero ten en mente que esa fortaleza no vendrá por sí sola, la única manera de ser fuerte es llevarlo todo a Dios en Oración.

Eran las 3 de la madrugada mientras todos en casa dormíamos; de pronto entraron dos hombres encapuchados y armados. Rompiendo la puerta con un poste de concreto atacaron a mis padres que ya se habían percatado de los ruidos. Mi hermana y yo nos apresuramos a detener la puerta de nuestro cuarto para impedir que el hombre entrara. Yo no entendía nada, no sabía qué hacer, pero comenzamos a clamar a la Sangre de Cristo.

Un hombre apuntaba con el arma a mi padre y mi mamá, clamando a Dios, lo detenía; mi pequeño hermano consternado detrás de mis padres gritaba: ¡Conviértanse a Cristo!

El otro hombre se percató de nosotras y empujó nuestra puerta dirigiéndose totalmente decidido hacia mí. Yo retrocedía y él avanzaba más. Pensé: “Aquí voy a morir”. Grité dentro de mí: “¡Dios, ayuda!” No te puedo explicar lo que sentí en ese instante, una terrible autoridad divina me sobrepasó y a voz en cuello, mirando casi a ciegas al hombre que me apuntaba con su arma, dije: “¡Satanás, a mí no me puedes tocar! ¡Fuera en el nombre de Jesús!”

Aquel sujeto, agarrándome por el cabello, me tiró al suelo, apuntó con el arma sobre mi cabeza y respondió: “Cállate o te mato”. Ya no sabía qué pasaría conmigo y con mi familia. Con su fuerza me arrastró hasta la entrada de casa.

Pero mi maravilloso Dios había provisto una salida que no veíamos. Mientras mis padres forcejeaban con un sujeto y el otro me agredía, mi hermana tuvo la oportunidad de salir corriendo por ayuda.

Cuando la persona que me arrastró hasta la puerta se percató de que una había escapado, fue tras ella… hasta este punto temíamos una tragedia.

Quiero decirte que pase lo que pase Dios tiene el control de todo en sus manos y cuando tú eres fiel a Él obedeciendo su palabra, Él levantará bandera.

Este hombre tenía a mi hermana en sus manos, se abalanzó hacia ella, le tapó la boca, la hizo caminar algunos pasos, le dijo que hiciera silencio. Y así como si nada, la dejó ir.

El que acorralaba a mis padres vio la reacción de su compañero, e inexplicablemente, los dos hombres salieron corriendo.

Ahora que lo vuelvo a pensar… ¿qué hizo que esos malvados huyeran sin llevarse ni una sola cosa? ¿Quién detuvo sus manos de disparar contra nosotros? ¿Qué pasó?

La intención de ellos era amedrentarnos, quitarnos cualquier opción para hacer de la suya, pero jamás pensaron en ser detenidos por una poderosa barrera de resistencia. Nuestro clamor a Dios confundió sus pensamientos, los llenó de temor. Mi familia y yo estábamos a merced de ellos. Nos sorprendieron indefensos, éramos débiles, pero entonces, y por el poder de Dios, fuimos fuertes.

Pablo lo aprendió sujeto a tantas experiencias amargas, se bastó con la Gracia de Dios para dejarnos hoy el testimonio escrito en 2 Corintios 12 y decir: ¡me gloriaré porque su poder se perfecciona en la debilidad!

En el momento en que las circunstancias, cualquiera que sea, agotan tus fuerzas y te encuentres bordeando lo peor, recuerda acudir a Él en oración. Porque cuando eres débil, a través de la oración, Su poder te sobrepasa. Y entonces eres fuerte.

Preguntas de reflexión:

  1. ¿Dios escucha las oraciones de todos?
  2. ¿De qué maneras has visto que Dios contesta tus oraciones?
  3. ¿Cuál debería ser tu respuesta cuando Dios responde “no”?
  4. ¿Cómo puedes animar a alguien que siente que Dios está en silencio?

Por Angélica Jiménez

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