Un enfoque en la oración

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La oración no tiene poder en sí misma, sino en Aquel a quien estamos orando.

A medida que continúan los días de nuestro confinamiento, es fácil sentirse inquieto, desanimado y confundido. Gran parte de aquello en lo que irreflexivamente habíamos llegado a depender para nuestra seguridad y valor en la vida cristiana, nos ha sido arrebatado. Muchos ya no podemos asistir a la iglesia o visitar a nuestros amigos y seres queridos para sentir que tenemos un lugar de pertenencia. Ya no podemos servir de la manera tradicional para sentir que estamos obedeciendo a Dios y estamos siendo parte de su Cuerpo en este mundo. Cuando vemos que las personas que nos importan se enferman e incluso mueren, no podemos tenderles la mano y ayudarlas. Solo podemos orar.

Solo podemos orar. Pensemos en esas palabras.

Quizás sepa que uno de los principios fundamentales que rigen mi vida es: “Libremos nuestras batallas de rodillas y siempre obtendremos la victoria”. Creo en el poder de la intercesión, no sobre la base de la oración misma, sino porque creo en Aquel a quien le estoy orando. Confío en Aquel que formó los cielos y la Tierra, que levanta las naciones y las derriba de nuevo, y que es capaz de influir en cada célula de cada cuerpo humano de las más de siete mil millones de almas que existen en la Tierra.

Así que, cuando escribo: “Solo podemos orar”, lo que intento hacer es revelar que, a veces, en verdad no creemos que Dios es quien dice ser. Y esa es la verdadera razón por la que le escribo hoy.

Mi corazón está agobiado porque a menudo pareciera que, en muchos sentidos, la Iglesia se ha convertido en un reflejo muy tenue del Salvador que nos redimió. Sí, podríamos hablar de todas las fallas morales, y son demasiadas para contarlas. Pero la tentación para nosotros será siempre buscar faltas en los demás y evitar soltar lo que el Señor quiere quitar de nuestros corazones. Por eso, en un tiempo de terrible persecución, el apóstol Pedro escribió: “Es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios” (1 Pedro 4:17).

Pedro no dijo esto para insinuar que los creyentes de su época habían ocasionado sus propias adversidades. Más bien, estaba implorando a los creyentes que recordaran que cualquiera que hubiese sido el sufrimiento terrenal al que se enfrentaban, no sería tan terrible como el que los incrédulos confrontarán en el juicio final. Él escribió: “Si el justo con dificultad se salva, ¿En dónde aparecerá el impío y el pecador? De modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, y hagan el bien” (1 Pedro 4:18-19).

En otras palabras, sea cual sea nuestra angustia, necesitamos hacer lo que refleje y glorifique a Dios en palabras, acciones, actitudes y carácter. Necesitamos reconocer quién es Él realmente, y representarlo bien.

Hermanos, no podemos permitir que el pecado abunde en la Iglesia y esperar que otros crean en el Señor Jesús con fe. No hablo solo de pecados visibles como el adulterio, el robo o el asesinato. No; debemos reflejar el carácter de Cristo en todo, lo cual significa que el fruto del Espíritu debe fluir de nosotros: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio (Gálatas 5:22-23 LBLA). He visto muchos creyentes que asesinarían a otros con sus palabras en las redes sociales, en vez de seguir la amonestación de Pablo: “Rechaza los razonamientos necios e ignorantes, sabiendo que producen altercados. Y el siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido, corrigiendo tiernamente a los que se oponen, por si acaso Dios les da el arrepentimiento que conduce al pleno conocimiento de la verdad” (2 Timoteo 2:23-25 LBLA).

Las dificultades que experimentamos no son una excusa. Debemos reflejar al Señor Jesús en todos los aspectos, independientemente de las presiones que experimentemos, recordando que los perdidos verán quiénes somos y lo que en realidad creemos a través de lo que decimos y hacemos.

Con esto en mente, le pido que pase un tiempo de reflexión y arrepentimiento hoy. Las mayores trabas para que la vida de Cristo fluya en usted son las áreas en las que se niega a honrar a Dios, ya sea de manera consciente o no. Por tanto, tome unos minutos para orar como lo hizo David: “Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno” (Salmo 139:23-24 LBLA). Mientras espera en silencio ante el Señor, someta conscientemente su corazón a Él. No ignore ninguna cosa —enfréntelas.

- ¿Hay algún asunto o actividad en su vida que Dios le está recordando?

- ¿Hay algún pecado que necesite confesar?

- ¿Hay alguien a quien necesite perdonar?

- ¿Deposita su confianza en sus propias obras o en otros recursos terrenales para su seguridad?

- ¿Tiene ataduras en su vida? ¿Se niega a renunciar a su necesidad de dinero, sexo, poder político, control, su reputación o la necesidad de que las personas le respeten o le quieran?

- ¿Está poniendo algo antes que a Dios mismo?

- Reflexione a profundidad sobre cada uno de los frutos del Espíritu. ¿Abundan en usted el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio propio? ¿Algunos de ellos representan una lucha para usted? ¿Siente carencias importantes en alguna de estas áreas?

- ¿Se siente enojado, temeroso, deprimido, culpable, amargado o desesperado? ¿Algunos de estos sentimientos evidencian áreas de ataduras de las cuales el Señor Jesús desea liberarle?

Pídale al Señor que le indique qué pudiera estar impidiendo que Él tenga el control absoluto de su vida. No rechace nada que Dios traiga a su mente. Incluso esos pensamientos que pudieran parecer triviales pueden ser algo de lo que el Señor quiere ocuparse. Confíe en que Él le dará sabiduría y entendimiento sobre lo que le está impidiendo ser su representante en un mundo perdido y moribundo.

Reconozca quién es el Señor para que los demás puedan verlo en usted y saber que Él es, en verdad, el Salvador que necesitan. Porque la vida cristiana no consiste simplemente en ir al edificio de la iglesia o servir en algún ministerio. No; ser la Iglesia significa dejar que “vuestra luz brille delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16).

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