¿Un cristiano orgulloso?

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Ser orgullosos es la prueba de que no estamos cumpliendo los dos mandamientos más importantes dados por El Señor.

El orgullo es la marca distintiva del mundo. Todo gira alrededor de cuánta educación tienes, cuánta fama tienes, cuánto dinero tienes, cuán bella eres o cuál marca de ropa usas, etc. Y la razón es porque la meta constante del no creyente es brillar por encima de los demás. “Mírame a mí, mira lo que he hecho, mira lo que he logrado, mira quién soy”. “Yo soy el centro del universo y quiero que lo sepas”, pudiera ser un eslogan para la farándula.

¿Y quién realmente es el centro, no solo del universo sino de todo? ¡Dios! Por esto el Salmo 10:4 nos dice que “El impío, en la altivez de su rostro, no busca a Dios”. Cuando preguntaron a Jesús cuál era el gran mandamiento de la ley, su respuesta fue: “AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN, Y CON TODA TU ALMA, Y CON TODA TU MENTE”. Y añadió que el segundo gran mandamiento era: “AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO” (Mateo 22:36-39).

¿Es posible amar a Dios con todo, cuando tu meta es colocarse por encima de Él? Yahweh dijo que la serpiente “era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el SEÑOR Dios había hecho” (Génesis 3:1). Y ella sigue engañando al mundo con la misma trampa, querer ser como Dios. Y si nuestra meta es lucir mejor que otros, ¿estamos amando al prójimo como a nosotros mismos? La respuesta es obvia y, por esto, Proverbios 21:4 nos informa que “Ojos altivos y corazón arrogante, lámpara de los impíos; eso es pecado.”

Proverbios 6:16, nos instruye que “Seis cosas hay que odia el SEÑOR, y siete son abominación para El”, y la primera que se menciona es “ojos soberbios” (17). Esto es muy serio a los ojos de Dios y aún más serio cuando se encuentra en los hijos de Él, personas que han sido redimidas por gracia “por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:8-9).

El mandato de Romanos 12:2 es bien específico, “no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto.” A través de esta renovación, el Espíritu nos da la mente de Cristo enseñándonos con sabiduría divina y no humana (1 Corintios 2:13, 16). Este conocimiento no es algo que nosotras podamos obtener, sino que es dado por el Espíritu.

Aun después de tener la mente de Cristo, es el mismo Dios quien está trabajando a través de nosotras y contra nuestros deseos carnales, por ello, Pablo nos exhorta a obedecer en Filipenses 2:13, “porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito.” Y si esto no fuera suficiente, todas las buenas obras que realizamos fueron orquestadas por nuestro buen Dios, como Efesios 2:10 nos explica, “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas.”  

Entonces, Dios es quien nos salva para Su gloria. Dios, en la tercera persona de la trinidad, nos ilumina para que podamos reconocer nuestro pecado y arrepentirnos (Juan16:8), inspiró a los autores bíblicos para escribir la verdad, luego nos guía hacia la verdad (Juan 16:13) iluminándonos para entender la Biblia (Job 32:8) y cambiarnos. Él es quien nos regala las habilidades y dones para que podamos usarlos (1 Corinitos 12:8). Él orquesta los acontecimientos donde caminamos (Efesios 2:10) y luego Él realiza las obras a través de nosotras (Filipenses 2:13).

Y entonces ¿qué hemos hecho que merezca nuestro orgullo? ¿Hay algo que podamos hacer sin Él? Obviamente no, y por esto, Pablo dijo a los corintios: “¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7). Cuando nos sintamos orgullosas, debemos recordar Salmos 144:3-4, “Oh SEÑOR, ¿qué es el hombre para que tú lo tengas en cuenta, o el hijo del hombre para que pienses en él? El hombre es semejante a un soplo; sus días son como una sombra que pasa.”

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