Un cambio de papeles

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Decimos que Jesús es nuestro Señor, pero ¿no es verdad que en nuestra mente muchas veces creemos que es al revés?

“Saludos de Pablo y de Timoteo, esclavos de Cristo Jesús…”, Filipenses 1:1 (NTV)

Era una manera muy diferente de escribir, ¿verdad? Por lo general nosotros dejamos los saludos para el final. Sin embargo, quiero hacerte pensar en la palabra que llamó mi atención cuando empecé a leer Filipenses en esta oportunidad.

Esclavos. Pablo y Timoteo, esclavos de Jesús. A pesar de saber que en Cristo somos libres, y de afirmarlo muchas veces en todas sus cartas, Pablo se veía a sí mismo como esclavo de Jesús.

Todas sabemos qué es un esclavo, alguien que no tiene voluntad propia porque su vida está supeditada por completo a la voluntad del dueño. Un esclavo hace solo lo que el dueño le manda, cuando el dueño manda. Un esclavo no se queja ni protesta a lo que el dueño le dice. Un esclavo siempre dice que sí sin cuestionar.

¿Alguna vez te has considerado esclava de Cristo? En esta época en la que muchas veces lo que nos mueve es la idea de “ese es mi derecho”, “me pertenece”, “yo, yo, yo”… ¿nos vemos como esclavas de Aquel a quien llamamos Señor? 

Creo que a veces, aunque no lo decimos, en nuestra mente invertimos los papeles y creemos que es al revés. Vemos a Dios como “el genio de la lámpara” y nosotras una “Aladina” que puede pedir deseos a su antojo, enojarse con el genio y mandarlo para dentro de la lámpara si las cosas no salen a nuestro antojo. Suena duro, pero es así. Te lo digo por experiencia propia.

Mi querida lectora, ¿qué tal si empezamos a pensar como Pablo? Soy una esclava de Cristo… “ya no vivo yo, más vive Cristo en mí”. Eso es lo que quiere decir que Cristo es mi Señor. Adonde él me lleve, voy. Si me dice que esté tranquila, lo acepto sin refunfuñar. Le rindo mi voluntad, mis sueños, mi familia, todo. Se trata de él y no de mí.

¿Cuál es la diferencia entre ser esclava de Cristo o una esclava como el mundo lo entiende? Lo hago por decisión, por voluntad propia. Nadie me obliga. Fui comprada por un alto precio, la sangre de Jesús, pero él no me lo impone, yo lo acepto o no.

Pablo hizo grandes cosas para Dios. Sin dudas, misionero de misioneros. Pero, ¿sabes algo? Las vidas que realmente Dios puede usar son aquellas que se presentan delante de él rendidas, dispuestas a que él sea el protagonista. Son vidas esclavas, en el mejor sentido de la palabra.

Un viejo himno decía:

Todo a Cristo yo me rindo, con el fin de serle fiel. Para siempre quiero amarle y agradarle solo a él. Yo me rindo a él…

A mí me gusta mucho y lo canto a menudo.  Me recuerda a quién sirvo y cuál debe ser mi actitud. 

Entonces, ¿aceptamos el reto? Cuando le dijimos sí a Jesús, eso es lo que implica. No podemos decir sí a unas cosas y a otras no. No podemos escoger en qué le seguimos a él y en qué decidimos por nuestra cuenta. Eso es ser __________________ (ahí pones tu nombre), esclava de Jesucristo.

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