¡Tu futuro está en Sus manos!

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Así como Abraham salió de su tierra sin saber adonde iba, podemos confiar y actuar en fe sabiendo que el mañana ya está en control de Dios.

¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío. Dios mío, mi alma está abatida en mí; me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán, y de los hermonitas, desde el monte de Mizar” (Salmo 42:5-6).

¿Dónde estás? Es la pregunta que Dios hizo a Adán, después de que Eva y él comiesen del fruto prohibido. Se escondieron los dos de Dios por primera vez en sus vidas. Tenían miedo.

Mi querido(a) amigo(a), ¿en qué situación te encuentras hoy? ¿Cómo está tu vida? ¿Cómo está tu relación con Dios? ¿Estás junto al Señor, o más bien te “escondes” de él?

Esto es lo que respondería David a dicha pregunta: “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra” (Salmo 139:7-10).

No podemos huir de Dios. Al contrario, lo que tenemos que hacer es crecer en nuestro conocimiento de Él y venir ante Su Presencia. Él conoce todas las cosas. Dios pone Su mano bendita, Su mano herida, Su mano atravesada sobre tu vida, y en este día Él piensa en ti y desea que tomes consciencia de dónde te encuentras en tu relación con Él hoy. Él sabía perfectamente dónde estaban Adán y Eva, y del mismo modo Él sabe dónde estás hoy. ¡De esta manera podrá llevarte al sitio en el que tienes que estar! De hecho, tú sabes dónde estás hoy, y Él sabe ya dónde estarás en el futuro.

Es así que Abraham salió de su tierra sin saber adonde iba, confiando plenamente en Dios, ya que Él sí que lo sabía: “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba” (Hebreos 11:8).

Querido(a) amigo(a), no te desanimes cuando no eres capaz de controlar el mañana. El Señor sabe todo y Él dirige tus pasos, así que ¡confía en Él hoy!

Oremos juntos: “Dios mío, cada uno de mis días están en tus manos. Gracias porque sé que cuidas de mí siempre con ternura y amor. No quiero volver a mirar lo que me desanima o me frustra, al contrario, quiero considerar todo los que has hecho y haces en mi vida. Gracias porque estoy en marcha hacia el destino que has previsto para mí. Gracias por el cumplimiento de tu plan perfecto en mi vida. En el Nombre de Jesús. ¡Amén!”.

Gracias por existir.

Eric Célérier

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