Todo es de Dios

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Reconocer esta verdad es un paso crucial en el sometimiento de nuestras vidas a Cristo y en la forma en que tomamos decisiones económicas.

La Biblia dice que Dios es el dueño de todo lo que hay en el mundo. Esta verdad se declara en el Salmo 24, cuando el salmista dice: «Del Señor es la tierra y todo cuanto hay en ella, el mundo y cuantos lo habitan».

Las escrituras incluso identifican objetos específicos que son propiedad del Señor. Por ejemplo, en Levítico 25:23 se le llama a Dios el dueño de la tierra. El pasaje dice: «La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra es mía». En Hageo 2:8, Dios dice: «Mía es la plata, y mío es el oro». Además, en el Salmo 50 leemos: «Míos son los animales del bosque, y mío también el ganado de los cerros».

¿Te das cuenta? ¡Dios es el dueño de todas las cosas! Él creó todo y nunca le transfirió al hombre la propiedad de su creación. Reconocerlo es un paso crucial en el sometimiento de nuestras vidas a Cristo y en la forma en que tomamos decisiones económicas. Si no nos reconocemos como simples administradores de lo que Dios nos da, nos será imposible tomar decisiones financieras con la cabeza fría de administradores. El corazón siempre se meterá de por medio y causará problemas.

En Lucas 14:33 se dice: «De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo». Como seguidores de Cristo, someternos a Él significa renunciar a todos nuestros bienes y reconocer que todo lo que tenemos no nos pertenece, sino que le pertenece a Él.

Aunque muchos hablen como si lo creyeran genuinamente, «del dicho al hecho hay mucho trecho»… El renunciar a nuestros bienes no significa vivir en la calle y deshacernos de todo lo que tenemos. Tampoco es vivir como San Francisco de Asís. La renuncia implica reconocer que somos administradores y no dueños de lo que tenemos.

Howard Dayton decía: «Cuando reconocemos que todo lo que tenemos le pertenece a Dios, cada decisión financiera se convierte en una decisión espiritual. Ya no nos acercamos a Dios para preguntarle: “Señor, ¿qué quieres que haga con mi dinero?”, sino: “Señor, ¿qué quieres que haga con tu dinero?”».

En ocasiones la gente nos dice: «Teníamos tantas deudas… que perdimos la casa». La verdadera razón por la que la pierden es porque la casa es “suya”. No podemos perder algo que no es nuestro. Como buen administrador, uno puede decir: «Tuvimos tantas deudas que, para pagar un pasivo, tuvimos que saldar un activo». Esa es la mentalidad correcta. Pero, si lamentas la pérdida de la casa es porque esa era una posesión para ti, no un recurso que Dios te había prestado.

Entonces, a partir de hoy comienza a pensar con la mentalidad de administrador. Toma decisiones económicas con la cabeza fría de un mayordomo. De esta forma, tu vida económica cambiará radicalmente.

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