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Tú me honrarás

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El Señor nos llama a ofrecer un tipo de sacrificio que, además de honrarlo, nos libera.

Nuestro Dios viene, pero no en silencio. Un fuego consumidor lo precede; una poderosa tempestad lo rodea…. Yo soy el Dios Altísimo; en vez de sacrificios, ofréceme alabanzas y cúmpleme todos los votos que me hagas. Invócame en el día de la angustia; yo te libraré, y tú me honrarás. – Salmo 50:3, 14-15

El Salmo 50 no es un salmo suave. En él, Dios se presenta a su pueblo como una tormenta poderosa con un fuego devorador que lo precede. Es el Dios que había descendido sobre el Monte Sinaí con una voz atronadora y ante el cual los israelitas aterrorizados le habían rogado a Moisés: “Si tú hablas con nosotros, te escucharemos; pero que no hable Dios con nosotros, porque tal vez moriremos” (Éxodo 20:19b). Ahora, una vez más envuelto en fuego y tormenta, Dios viene a juzgar a su pueblo.

Dios no necesita las aves, las cabras y los toros que le ofrecen. Ciertamente, no tiene hambre de ellos. Él es el Creador: todas las bestias y aves le pertenecen. El Señor llama a su pueblo a ofrecer un tipo diferente de sacrificio: un sacrificio de acción de gracias y oración. "Invócame en el día de la angustia", dice Dios, "yo te libraré, y tú me honrarás". Él es el Dios que libera y salva, y en ese acto de liberación, Él es honrado.

Cuando el Dios que libera y salva caminó sobre la tierra, muchas personas apelaron a él para ser salvados. Diez leprosos le gritaron: "¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!" (Lucas 17:13b). Jesús los miró con compasión, los envió a que fueran a mostrarse a los sacerdotes y, a medida que avanzaban, fueron sanados. Nueve continuaron su camino, tal vez para ofrecer el sacrificio requerido al ser limpiados de su enfermedad. Pero uno de los diez, un samaritano, regresó a Jesús con una ofrenda diferente: el sacrificio de acción de gracias que Dios desea, "y rostro en tierra se arrojó a los pies de Jesús y le dio las gracias" (Lucas 17:16a).

El samaritano leproso ofreció el sacrificio que glorificaba a Dios. Es el sacrificio de alabanza que ofrecemos ahora, el sacrificio de alabanza que ofreceremos por toda la eternidad al Hijo de Dios, quien fue el sacrificio perfecto por nuestros pecados. Llamados por el Espíritu Santo a través del Evangelio, sabemos y creemos que nuestro Dios libera y salva. Apelamos a Él por perdón, vida y salvación y, gracias a su Hijo, nos libera y honramos su santo nombre. Ese es el sacrificio que Él desea. "El que me ofrece alabanzas, me honra" (Salmo 50:23a).

ORACIÓN: Dios Todopoderoso, acepta nuestra alabanza por todas tus bendiciones, especialmente por la salvación a través de la fe. En el nombre de Jesús. Amén.

Para reflexionar:

1. ¿Has visto a Dios darse a conocer en tu vida de una manera profunda?

2. ¿Cómo reconoces el poder supremo de Dios en tu vida diaria?

Por: Dra. Carol Geisler

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