Sin secretos

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Aunque estaba escrito desde un principio, ni el mundo ni el enemigo entendieron que Dios tenía en su Hijo y en la cruz el mejor plan de victoria nunca antes visto.

El rey no se salva por tener un gran ejército, ni se escapa el valiente por tener mucha fuerza. Ningún caballo es garantía de salvación; y aunque tiene mucha fuerza, no salva a nadie. El Señor mira atentamente a quienes le temen, a quienes confían en su misericordia. – Salmo 33:16-18

A toda nación en guerra le gusta tener un arma secreta, una fuerza poderosa y destructiva contra la cual el enemigo no tenga defensa. Puede ser un nuevo misil o un avión mantenido en reserva que, cuando finalmente se despliega, obligue al enemigo a rendirse. En la antigüedad, un caballo de guerra bien entrenado era una de esas armas. Su fuerza abrumadora se usaba contra los soldados de a pie que no tenían ni la velocidad ni la armadura necesaria para defenderse contra los guerreros montados. Aun así, el salmista advierte: "Ningún caballo es garantía de salvación; y aunque tiene mucha fuerza, no salva a nadie".

Ante las acusaciones de Satanás y la amenaza de muerte, a veces tratamos de emplear nuestra propia armadura y excusar el pecado y la vergüenza, o de culpar a los demás o trabajar más arduamente para ganar el favor de Dios. Pero todo esfuerzo que hagamos para ganar la salvación es irremediablemente ineficaz. El caballo de guerra es una esperanza falsa para la salvación, como también lo son nuestras buenas obras. Nuestra única esperanza en esta batalla de la vida y la muerte es nuestro Señor, cuyo ojo está puesto en "quienes le temen, a quienes confían en su misericordia". Solo él puede salvarnos.

Solo Dios puede librarnos del pecado, la muerte y Satanás porque, en el momento correcto, él empleó su arma secreta. El poder máximo de fuerza abrumadora fue entregado de la manera más sorprendente e inesperada: como un bebé envuelto en pañales acostado en un pesebre. Para librarnos de nuestros enemigos, Dios nos envió a su propio hijo Jesús, nuestro Salvador. Ese Niño de Belén llegó a la edad adulta, viviendo entre nosotros como uno de nosotros. Cuando llegó su hora, Jesús derrotó a nuestros enemigos no con una demostración de poder militar, sino como una víctima débil e indefensa clavada en una cruz. Dice el escritor a los hebreos que Jesús fue de carne y hueso “para que por medio de la muerte destruyera al que tenía el dominio sobre la muerte, es decir, al diablo, y de esa manera librara a todos los que, por temor a la muerte, toda su vida habían estado sometidos a esclavitud” (Hebreos 2: 14b-15).

En Jesús, toda la majestad de Dios estaba oculta en la carne humana y, al tercer día después de su muerte, en poder conquistador, Jesús resucitó de entre los muertos. Satanás cayó en derrota; el pecado y la muerte fueron vencidos. La victoria de Jesús es nuestra victoria. Jesús nos ha liberado del pecado, de la muerte y del diablo. Él es, como el salmista escribe: "nuestra ayuda y nuestro escudo" (Salmo 33:20b). Y, más aún, no es ningún secreto: ¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!

ORACIÓN: Señor Jesús, nos regocijamos por la victoria que has ganado para nosotros. En la vida y en la muerte sé nuestra ayuda y nuestro escudo. Amén.

Para reflexionar:

1. ¿Crees que fue una tentación para el antiguo Israel el confiar en su poder como lo hacían los pueblos vecinos?

2. ¿Qué cosas en tu vida te impiden confiar más en Dios?

Por: Dra. Carol Geisler

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