"¡Silencio! ¡A callar!"

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El miedo, la culpa y la vergüenza que se levantan agitando nuestras vidas, deben callar ante el poder del Dios que venció la misma muerte y que tiene control hasta de lo natural.

Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en todos los problemas. Por eso no tenemos ningún temor. Aunque la tierra se estremezca, y los montes se hundan en el fondo del mar; aunque sus aguas bramen y se agiten, y los montes tiemblen ante su furia. – Salmos 46:1-3

A menudo en las Escrituras, cuando "la tierra se estremece" es una señal de la presencia de Dios o de su ira. Cuando Dios nos dio los Diez Mandamientos en el Sinaí, descendió sobre la montaña encendida en llamas y "todo el monte se estremecía en extremo" (Éxodo 19: 18b). Por su parte, David nos dice que "la tierra tembló y se estremeció" (2 Samuel 22: 8a) cuando el Señor se había enojado.

Se supone que la tierra que está debajo de nuestros pies nunca se mueva, pero a veces lo hace y los resultados son aterradores. Pero los terremotos no son los únicos eventos devastadores que experimentamos. Lo que pasa en el mundo a nuestro al rededor, como las guerras, los terrores, los desastres naturales y las crisis económicas, amenazan los cimientos sobre los que construimos nuestras vidas. Cuando somos golpeados por una enfermedad, por dificultades financieras, por pérdida o dolor, nos sentimos destrozados e inquietos, sin estabilidad.

Cuando "la tierra se estremece", el Dios que se dio a conocer por medio de los terremotos es el único lugar seguro y estable. Es un refugio, un escondite, la base sólida sobre la cual podemos pararnos seguros. Él está presente para ayudarnos y sostenernos. El salmista nos dice: “¡Con nosotros está el Señor de los ejércitos! ¡Nuestro refugio es el Dios de Jacob!”(Salmo 46:11). Dios es el Señor de los ejércitos, el Señor de los ejércitos del cielo. Aunque tenemos razón para temerles a las naciones embravecidas y a los reinos tambaleantes, el Señor de los ejércitos reina sobre las naciones en guerra: “«¡Alto! ¡Reconozcan que yo soy Dios! ¡Las naciones me exaltan! ¡La tierra me enaltece!»” (Salmo 46:10).

En Jesús "toda la plenitud de Dios se complace en habitar" (Colosenses 1: 19b). El poderoso Dios, que sacudió al Sinaí con Su presencia, tomó forma humana. El Mar de Galilea una vez bramó y se agitó amenazando con ahogar a los discípulos de Jesús, quienes estaban muy asustados. Pero ellos le pidieron a Jesús que los salvara y el Señor de los ejércitos dio la orden al viento y al agua diciéndoles: "¡Silencio! ¡A callar!" (Marcos 4: 39b). Pero tiempo después, para salvarnos, el poderoso Señor permitió que el mal rugiente y embravecido de este mundo lo venciera. Fue clavado en una cruz, ofreciéndose como el sacrificio perfecto por nuestros pecados, sufrió, murió y fue sepultado. Pero al tercer día después de su muerte, un terremoto destrozó la primera Pascua cuando un ángel retiró la piedra para revelar la tumba vacía de Jesús. ¡Jesús resucitó de la muerte! El pecado, la muerte y el diablo yacen aplastados bajo los pies con cicatrices de clavos del Señor de los ejércitos.

El Señor crucificado y resucitado les da la orden con su poderosa y dominante Palabra al miedo, la culpa y la vergüenza que se levantan “bramando y agitando” nuestras vidas. Les dice: "¡Silencio! ¡A callar!”. Tenemos un lugar seguro donde estar. Estamos protegidos con la seguridad de su amor y poder: “por eso no tenemos ningún temor. Aunque la tierra se estremezca”.

ORACIÓN: Señor Jesús, en medio de situaciones que destrozan nuestra vida, y en todo momento, te pedimos que seas nuestro refugio y fortaleza, nuestra ayuda presente en cada problema. Ordénales a las cosas que nos asustan: "¡Silencio! ¡A callar!” Amén.

Preguntas de reflexión:

1. ¿En qué situaciones has presenciado la fuerza imponente de la naturaleza?

2. ¿Cómo influye en tu relación con Dios el hecho de que él tiene poder para impactar físicamente la tierra y el universo?

Por: Dra. Carol Geisler

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