Siente, piensa… luego actúa (Parte 2)

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Pensar correctamente y reaccionar sabiamente es lo que nos permite conservar la calma, reflexionar antes de hablar y disfrutar la vida.

Aunque la situación sea difícil y las noticias no sean alentadoras, podemos mantener un buen ánimo si hacemos prevalecer la fe, la esperanza y el recuerdo de las cosas que hemos superado en el pasado. Porque el pasado es fiel testigo de que en medio de la tormenta hemos visto que la perseverancia y el espíritu de lucha nos han hecho superar la adversidad. Son los momentos difíciles los que forman el carácter, nos acercan a Dios y nos permiten valorar a la familia.

Pensar negativamente nos seduce porque es lo más natural, pero si luchamos por alimentar el pensamiento correcto, nos nutrimos emocionalmente con el abrazo del amigo y perseveramos en lo que nos inspira, saldremos más firmes en nuestras convicciones, porque retendremos la paz y haremos crecer la ilusión.

Nos roba la paz ser perfeccionistas, alimentar el chisme, juzgar a las personas, escuchar noticias deprimentes y quejarse constante. Por esta razón, debemos aprender a huir de lo que nos roba la fuerza, alimenta el temor y nos hace vivir viajes de angustia. Todo inicia con la valentía de combatir los pensamientos tóxicos, distanciarse de las personas dañinas y alejarnos de los ambientes que nos lastiman. Debemos ser intencionales en todo lo que hacemos, escuchamos, leemos y creemos.

Es la búsqueda de la excelencia, la cual está ligada a hacer todo lo posible por mejorar nuestra calidad de vida, pensar correctamente y reaccionar sabiamente es lo que nos permite conservar la calma, reflexionar antes de hablar y disfrutar la vida. Por eso, camine despacio, observe los detalles, dé gracias a quien le sirve, aprecie el gesto amable y sea agradecido con Dios y con las personas.

Tenemos que aprender a contrarrestar los pensamientos negativos porque despiertan sentimientos confusos y podrían conducirnos a tomar decisiones erróneas.

Si no intervenimos los sentimientos negativos, surgirá ansiedad y preocupación, produciendo desconsuelo y desánimo. Logramos conducir nuestros sentimientos negativos cuando aprendemos a elaborar la estrategia correcta, la cual nos permite encarar los retos y desafíos que todos vivimos.

No nos dejemos dominar por el desánimo; lo contrarrestamos analizando las alternativas que tenemos, evaluando las consecuencias de las decisiones que debemos tomar, buscando consejo, alejándonos de ambientes tóxicos, enfriando las emociones, acercándonos a personas que nos aman y siguiendo el plan elaborado.

No se trata de tener una actitud evasiva, más bien debemos ocuparnos, como corresponde, de lo que nos permite estar alerta, elaborar una estrategia, aumentar nuestra fe y mantener viva la esperanza de un día mejor. Enfrentar sabiamente lo que vivimos nos hace actuar preventivamente y tomar sabias decisiones.

Debemos aprender a ordenar y a estabilizar nuestras emociones. Esto es lo que podemos llamar guiar nuestro ser interior. Camine y haga ejercicio, es el mejor antidepresivo y nos ayuda a canalizar adecuadamente la frustración, el enojo y la tensión.

Es necesario que evaluemos lo que estamos pensando y sintiendo, planear lo que vamos hacer y cambiar lo que debe cambiar.

En medio del proceso, debemos aprender a combatir los pensamientos negativos y sustituirlos por información alentadora, palabras de estímulo y oraciones que eleven el ánimo. Muchas veces necesitamos tomar el tiempo necesario para que el pensamiento se aclare, no adelantemos los acontecimientos, todo ocurre a su tiempo.

No trate de controlar las circunstancias que no puede cambiar y permita que las personas tomen responsabilidad de sus propias decisiones. Ponga su confianza en Dios y viva un día a la vez. Concéntrese en la solución y no en el problema. Remplace el enojo y la preocupación por la confianza y la esperanza. El tiempo no se adelanta, se vive. El futuro se sueña y lo anticipa la ilusión.

El estrés crece cuando sentimos culpa, tenemos mucho trabajo y poco tiempo para realizarlo; cuando vivimos en un ambiente de agresión, dejamos que la preocupación supere nuestras energías o bien no descansamos lo suficiente. Lo contrarrestamos organizando nuestras tareas, definiendo prioridades, delegando lo que no podemos hacer, aprendiendo a decir «no» cuando las tareas sobrepasan nuestras capacidades o recursos, reconociendo nuestras limitaciones y enamorándonos de la vida y la familia. 

Si aprendemos a canalizar el estrés, disfrutamos más lo que tenemos y vivimos, disminuimos el nivel de ira, alejamos la depresión, amamos y nos dejamos amar.

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