Si sientes el llamado…

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¿Sientes el llamado de servir a Dios? ¿Qué te anima o desanima a servirle?

Servir en el ministerio a tiempo completo es precioso y un privilegio como no hay otro. No obstante conlleva mucho sacrificio, abnegación, disciplina y, sobre todo, una total dependencia en Dios.

Atender el llamado de Dios no equivale a una vida color de rosa, llena de alegrías y exenta de problemas, tentaciones y retos. No te garantiza un cheque cada quincena, que la salud no te va a fallar y que el carro no se dañará. Tampoco implica que otros te respaldarán económicamente, que tu familia comprenderá, que tus amistades te colaborarán, ni que el pueblo mismo de Dios te apoyará todo el tiempo.

Servir en la obra de Dios es atender al llamado de Dios sobre tu vida: no importando las circunstancias, estando plenamente persuadida de que el Señor te ha comisionado y que como Abraham saldrás por fe a expensas de que Él, de maneras “misteriosas”, esto es, desconocidas para ti, te sostendrá.

Pero el llamado de Dios tampoco implica que debamos salir con una mano delante y otra detrás. Lo que sí implica es que nuestra vida financiera debe estar en orden. Que debemos controlar nuestros apetitos y amor a las cosas materiales, que debemos estar dispuestas a vivir en estrechez y que debemos procurar tener una base económica para emergencias. Aunque salimos por llamado de Dios y en nombre de Él, eso no nos exime de la responsabilidad de organizar nuestras vidas para poder servirle como es debido. Nada entorpece más al obrero de Dios que una vida financieramente desorganizada. Él es un Dios de orden y de igual manera debemos conducirnos nosotras.

En mi caso particular, dedicarme a tiempo completo en el ministerio ha significado un viaje de muchos años:

1. Escuchando el llamado de Dios claramente.

2. Definiendo el llamado y preparándome.

3. Alineando el llamado de Dios con mis dones, deseos y/o expectativas.

4. Organizando mi vida para estar lista para el tiempo divinamente señalado.

5. Orando por claridad y el tiempo de Su llamado.

6. Compartiendo la voluntad de Dios para mi vida con mujeres de oración.

7. Aprendiendo a vivir con menos.

8. Buscando y creando medios de soporte financiero.

9. Atendiendo las señales y buscando confirmación a cada paso a través de los años.

10. Asegurándome en oración de la dirección y el tiempo preciso de Dios.

11. Practicando una vida de contentamiento en cualquier circunstancia.

12. Permitiéndole a Dios moldear en mi carácter para su llamado.

13. Desligando mis afectos e intereses de las cosas del mundo.

14. Estando persuadida en mi corazón el tiempo de dar el paso de fe, y

15. Viviendo cada día sumergida en Su voluntad, ya sea en abundancia o escasez, alegría o dificultad.

Han pasado ya unos años desde que di el paso de fe para dedicarme a la obra del ministerio. Y dado que no fui comisionada o encomendada por ninguna iglesia u organización en particular, dependo ciento por ciento de la gracia, misericordia y sustento del Señor.

Lejos está de mí creer que he llegado ya. Más bien prosigo la meta buscando cada día diligente y atentamente la dirección y confirmación del Señor en oración, tanto para el ministerio como cada estación de mi vida. Nada me aterra más y anhelo menos que estar caminando fuera de la bendita y maravillosa voluntad de Dios.

Mi consejo… Si sientes el llamado de Dios para tu vida ¡no te apresures! Examina primero el costo (Lucas 14:26-33). Esto es, tu prontitud a obedecer, tu disposición a desprenderte de las cosas que estimas más preciadas, y tu nivel de perseverancia y sacrificio.

¿Obedeces la Escritura con facilidad y aplicas lo aprendido a tu vida?

¿Cómo está tu mayordormía: escasa o generosa, das a Dios las primicias de todas tus ganancias, das alegremente?

¿Cuántos proyectos has comenzado y terminado y cuánto tiempo te ha tomado hacerlos?

Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lucas 9:62).

Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Lucas 16:13).

Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:33).


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