¿Será que Dios me entiende?

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A veces se nos olvida que Dios no es una entidad atmosférica que nos mira desde arriba como si fuéramos piezas de ajedrez.

Su corazoncito tan joven estaba deshecho ante las palabras duras de una amiguita. Y yo trataba de secar las lágrimas y de mitigar el dolor… pero en realidad, dentro de mí, tenía deseos de salir corriendo porque sé que hay dolores que no podemos mitigar. Y quería también, como dicen por ahí, “cantarle las 40” a esa niña que había herido el corazón de mi primogénita. (Pero, ¿acaso no lo he hecho yo también?).

Mi corazón de mujer adulta también se duele a veces, quizá no tanto por las palabras dichas como por las no dichas. Cuando la amiga de la cual esperamos quizá no nos da las palabras de ánimo o el apoyo. (¿Y cuando no las he ofrecido yo?)

Dolores que no podemos mitigar.

Y con todas esas cargas me senté delante de Dios, más bien a quejarme. Y él, como todo un caballero paciente escuchó mi letanía y después susurró a mi corazón: “Yo lo sé, yo entiendo. Yo soy Padre y vi a mi hijo sufrir, traicionado por amigos, burlado, abandonado… lo vi morir. Yo te entiendo”. 

A veces se nos olvida que Dios sí entiende. Él no es una entidad atmosférica que mira desde arriba a los humanos como si fueran piezas de ajedrez. Él sabe, él entiende.

Su creación, donde puso lo mejor de sí, se rebela constantemente.

Su hijo, el único, vino a morir por esos mismos —tú y yo— que constantemente le dan la espalda, fallan, se quejan, se hieren unos a otros.

Jesús, con toda su divinidad, caminó por este mundo y de los pocos amigos que tuvo sufrió traición, abandono, dudas. ¿Para qué? Pues para hoy poder decirte: “Nuestro Sumo Sacerdote [Cristo] comprende nuestras debilidades, porque enfrentó todas y cada una de las pruebas que enfrentamos nosotros, sin embargo él nunca pecó.  Así que acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos” (Hebreos 4:15-16).

Dios sí te entiende. No tienes que temer el contarle cómo te sientes, qué te frustra, qué te entristece, qué te asusta. Cristo enfrentó todas y cada una de las pruebas que enfrentamos nosotros, y ahora nos da acceso, está sentado en su trono, siempre dispuesto a escuchar, a entender, a darnos misericordia (librarnos del mal que merecemos) y gracia (darnos el bien que no merecemos).

El enemigo de nuestras almas, Satanás, nos tienta a pensar que Dios está tan distante y ocupado que no nos entiende. Esa es otra de sus mentiras para que quitemos los ojos de Jesús. No le escuches.

Quizá mientras lees esto hay cargas en tu corazón, preocupaciones, decepciones y quién sabe qué otras cosas. Recuerda, él te entiende. Dios es tu Padre que te espera con los brazos abiertos para secar tus lágrimas, mitigar tu dolor. Si tiene que hacernos cambiar la perspectiva, lo hará. Si tiene que regañarnos lo hará también, porque un buen padre disciplina. Pero no lo dudes, él te entiende y por sobre todas las cosas te ama. Él murió por ti, ¿qué más podemos pedir?

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