¿Seguir tu corazón?

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Nuestro corazón no es lo que nos trae la felicidad; por el contrario, debemos ser liberadas ¡de sus propios deseos!

Seguir tu corazón. ¡Qué lindo! Suena tan bonito, tan romántico, como un relato con un final feliz. ¿Pero es eso lo que debemos hacer para lograr la felicidad? El mundo nos instruye que si seguimos nuestro corazón nos liberaremos de las restricciones impuestas por la cultura para impedir nuestro éxito, y que solo los valientes que ignoran tales restricciones viviendo de acuerdo a las demandas de su corazón, logran su felicidad. Es como si nuestro corazón conociera la verdad, pero las cosas externas nos mantuvieran en esclavitud y solo conseguimos nuestra libertad caminando las sendas del corazón.

¿Es esto bíblico? Proverbios 27:19 dice, “Como el agua refleja el rostro, así el corazón del hombre refleja al hombre”. ¿Cómo nos refleja el corazón?  El Señor dijo que lo que entra por la boca no nos contamina sino lo que sale de ella (Mateo 15:11) porque “de la abundancia del corazón habla su boca” (Lucas 6:45). Entonces, para que el corazón refleje algo bueno, “con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida” (Proverbios 4:23).

Es increíble pensar que nuestro corazón es tan engañoso que nos hace creer lo contrario a la verdad (Jeremías 17:9). Es tan corrupto que, en un momento de la historia, Dios destruyó la tierra entera porque vio que “toda intención de los pensamientos de su corazón era sólo hacer siempre el mal” (Génesis 6:5). Y Mateo 15:19 nos señala de dónde viene esta maldad… “Porque del corazón provienen malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios y calumnias”. ¿Crees que somos diferentes? En otras palabras, nuestro corazón es el corazón del problema y es por eso que ¡no podemos seguirlo sino transformarlo!

Tampoco nuestra esclavitud viene de la cultura sino del mismo corazón. Pablo dijo, “pero gracias a Dios, que aunque eráis esclavos del pecado, os hicisteis obedientes de corazón a aquella forma de enseñanza a la que fuisteis entregados” (Romanos 6:17). Nuestros corazones son corruptos, totalmente depravados, egocéntricos y auto-indulgentes debido a sus propios deseos pecaminosos.

Sin la morada del Espíritu somos incapaces de seguir a Dios y, aun teniendo Su Espíritu, en Su sabiduría Dios ha diseñado que no debemos seguir tales deseos sino “hacéis morir las obras de la carne” (Romanos 8:13).

Según estos versículos, nuestro corazón no es lo que nos trae la felicidad sino que, por el contrario, debemos ser liberadas ¡de sus propios deseos! Nuestro corazón no nos salva sino que nos destruye y en realidad ¡necesitamos ser salvadas de él!

Pero gracias a Dios hay esperanza… cuando viene a morar en nosotras, Él nos da un corazón nuevo (Salmos 51:10), a través del estudio y la aplicación de Su Palabra (Salmos 119:11). Cuando nos separa de nuestros deseos pecaminosos, Dios crea “un corazón nuevo y un espíritu nuevo” y también promete que “quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (Ezequiel 36:26). Solo la Palabra tiene el poder de discernir y cambiar nuestros corazones (Hebreos 4:12). Es por esto que Dios nos evalúa, no por nuestras obras, sino por nuestro corazón (1 Samuel 16:7). Podemos hacer buenas cosas con malas intenciones y al mismo tiempo podemos hacer cosas malas sin intenciones malévolas. Dios es el único que puede juzgarnos en una forma justa porque Él escudriña los corazones (1 Crónicas 28:9).

Entonces ¿qué debemos hacer? “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con toda tu fuerza” (Mateo 22:37). No podemos amar los deseos de nuestro corazón y, al mismo tiempo, amar a Dios (Mateo 6:24). Gálatas nos muestra por qué “el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis”.

Si queremos ser sabias necesitamos ir donde Dios porque Él es quien da sabiduría (1 Reyes 3:12) y, en la búsqueda, Él es quien te encuentra (1 Crónicas 28:9). Cuando Dios cambia nuestro corazón, comienza a cambiar nuestros deseos para que “sean gratas las palabras de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Señor, roca mía y redentor mío” (Salmos 19:14).

Él nos da los deseos de nuestro corazón cuando Él es nuestro deleite y nuestros deseos se alinean con Sus deseos (Salmos 37:4). No podemos esperar ser sabias o lograr lo que deseamos cuando mantenemos iniquidad en nuestro corazón, porque Él no oirá nuestras oraciones (Salmos 66:18), pero cuando caminamos en Sus mandamientos, Él ensanchará nuestro corazón (Salmos 119:32).

Al atesorarlo a Él, nuestro corazón se volverá a su dueño apropiado y nuestras vidas serán totalmente para Él (Mateo 6:21). Así tendremos corazones puros y, en consecuencia, viviremos para Él tal y como le agrada (Salmos 24:3-4). No tenemos que esperar a llegar al cielo para verlo ya que podemos verlo aquí y ahora, porque Él ha prometido manifestarse cuando lo obedecemos (Juan 14:21).

¿Quieres experimentar una aventura con el Señor? Olvídate de obedecer lo que tu corazón reclama y escucha lo que susurra el Señor.  El final feliz que tu corazón desea solo se consigue andando por el camino del Señor y no por aquel que tu corazón se traza.

En Su presencia, y solamente en Su presencia, hay plenitud de gozo (Salmos 16:11). Gózate en lo único que tiene verdadero valor y durará por la eternidad.

Por Catherine Scheraldi de Núñez

 

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