Reflexiones en Alcatraz

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¿Por qué será que a pesar del precio que Jesús pagó por nosotros, en ocasiones insistimos en quedarnos en una prisión espiritual?

Un día tuve la oportunidad de visitar la antigua prisión de Alcatraz, un lugar paradójico porque combina un paisaje bello -con vistas y jardines dignos de las muchas películas que se han filmado en San Francisco- con la dureza y soledad de una prisión construida en una isla en medio de las frías aguas de esa bahía.

Me fascinan los lugares antiguos; pensar en la historia, en las personas que transitaron por primera vez sus calles, en sus huellas invisibles pero indelebles. Sin embargo, al reflexionar en Alcatraz la sensación es diferente. 

Para llegar hasta allí tienes que tomar un ferry que, luego de dejarte allí, se va a recoger a muchos otros turistas que tampoco no quieren irse de la ciudad sin antes visitar la célebre prisión. En cierto modo, aunque libre, quedas preso allí hasta el próximo ferry.

Y eso me puso a pensar en cuántas veces vivimos la vida de la misma manera: aunque tenemos completa libertad gracias a Cristo, nos sentimos presos. 

Las prisiones varían. En algunos casos son temores, en otros remordimientos, en otros errores del pasado. Las prisiones pueden ser temporales o perpetuas, tal y como sucedió con muchos de los que pasaron por Alcatraz. Pero de cualquier manera, una prisión.

¿Por qué será que a pesar del precio que Jesús pagó por nosotros, insistimos en quedarnos en un “Alcatraz” espiritual? En más de una ocasión he escuchado esta frase: “Yo sé que Dios me perdona, pero yo no puedo perdonarme”. Incluso sé que alguna vez yo misma la dije.  Pero, ¿sabes?, eso también es una prisión y tiene un nombre, orgullo. Orgullo humano. Orgullo que dice que nuestro perdón está por encima del perdón de Dios… aunque no nos demos cuenta. Prisiones.

Las prisiones son un arma de Satanás para no dejarte disfrutar de la libertad que ahora tienes en Cristo si has abierto tu corazón a su perdón y obra salvadora. Pero tienes que salir de la celda.

Solo una vez hubo un escape “exitoso” de Alcatraz. Y la realidad es que, aunque aquellos tres prófugos lograron salir de la prisión, no se sabe a ciencia cierta si sobrevivieron. La investigación todavía sigue abierta, a pesar de que los hechos datan de 1962. Sin embargo, suponiendo que sí lo lograron, vivir como un prófugo no es vivir en libertad.

vivir huyendo del pasado, de los temores, de los remordimientos, es vivir como prófugo. Tú y yo tenemos la oportunidad de disfrutar de una libertad completa, incluso si por alguna razón al leer estas palabras estás tras los barrotes fríos y reales de una prisión, en manos de la justicia.

Tengo una amiga que vivió esta experiencia de primera mano y en sus ojos puedo ver que cuando me habla de la libertad en Cristo, dentro y fuera de la cárcel, ella lo sabe. Sabe que se puede ser libre dentro y que se puede ser prisionero fuera.  

Mi querida lectora, ¿estás viviendo en “Alcatraz”, estás huyendo o estás disfrutando la libertad de Cristo? El ladrón solo viene para robar, matar y destruir. Él quiere robarte la libertad, matar tu disfrute y destruir tu vida en una prisión invisible.

La Palabra de Dios dice que “Cristo en verdad nos ha liberado. Ahora asegúrense de permanecer libres y no se esclavicen de nuevo a la ley” (Gálatas 5:1). Y también dice que “si el Hijo los hace libres, ustedes son verdaderamente libres” (Juan 8:36). Pero tú tienes que apropiarte de esa libertad. Nadie puede hacerlo por ti.

Alcatraz no es una opción para quienes vivimos en Cristo.

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