Reflexiones de un verano

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¿En qué nos deberíamos parecer a la Luna y a los efectos que esta tiene? Wendy Bello te lo explica.

Era de madrugada y me levanté a mirar por entre las persianas. Ahí estaba, la superluna. De no haber sido por algo que leí en Facebook de casualidad no hubiera sabido que dicho fenómeno se vería esa noche, pues estando de vacaciones menos todavía me ocupo de las noticias. 

Y quizá te preguntes por qué estoy hablando aquí de la Luna. Bueno, al otro día me levanté pensando en cómo me gustaría parecerme a ella… me explico antes de que creas que el calor del verano me afectó la cabeza.

Primero pensé en la belleza de su luz… ¡que no es propia! Recuerdo que esa es una de las primeras cosas que nos enseñan en la escuela cuando comenzamos a estudiar ciencias. “La luna no brilla con luz propia, es un reflejo del sol”. Y así se supone que sea mi vida también. No que busque brillar con mi propia luz, porque en realidad la luz humana no es lo suficientemente fuerte como para iluminar la noche de este mundo. Mi vida, y la tuya, deben ser un reflejo de Aquel que en el principio creó la luna y el sol. Somos hijos de la Luz, que es Jesús.

En su evangelio, el apóstol Juan lo dice de manera muy clara hablando de Juan el Bautista: “Juan no era la luz; era sólo un testigo para hablar de la luz. Aquel que es la luz verdadera, quien da luz a todos, venía al mundo” (Juan 1:8-9).

En el Nuevo Testamento, en la versión NTV, la palabra luz aparece 97 veces. Y aunque los contextos son variados, una gran parte está dedicada a recordarnos que Dios nos ha puesto para ser luz porque tenemos la luz del Señor.

El problema viene cuando queremos robarnos la luz y nos olvidamos de que, como la luna, necesitamos que el sol, Jesús, nos ilumine para entonces poder brillar. Si no es así, no lograremos penetrar la oscuridad, y si lo hacemos será solo por un efímero instante.

Durante nuestras vacaciones estuvimos en la playa y junto al lugar donde nos quedábamos pasaba un canal que con los días descubrimos estaba conectado al mar. ¿Cómo lo supimos? Bueno, además de estar bien cerca y ver que se unía a la ensenada que es parte de la bahía, nos percatamos de que el nivel del agua subía y bajaba en los diferentes momentos del día. La marea. ¿Y quién determina la marea? ¡La luna!

¿Sabías que las mareas tienen funciones súper importantes para la vida en la Tierra?

Las mareas limpian las orillas del océano y ayudan a mantener 

las corrientes oceánicas que circulan, evitando así que el océano se estanque. 

Benefician al hombre al limpiar los canales de embarque y diluir los vertidos de aguas residuales. En algunos lugares, la gente explota la enorme energía de las mareas para generar electricidad.

Bueno, no quiero darte una clase de ciencias pero, ¿te percataste de nuestra analogía? La luna genera las mareas… y las mareas limpian las orillas del océano. Tú y yo estamos aquí también para que este mundo pueda limpiarse de la basura que el pecado se ha encargado de propagar. Tenemos que generar “mareas” de cambio y eso solo se logra cuando compartimos el evangelio de Jesús.

Cuando la marea de las Buenas Nuevas invade, las vidas se transforman; y si la marea es lo suficientemente alta, el cambio alcanza ciudades e incluso países. ¡Las mareas generan energía! ¿Y qué energía más potente que la del Espíritu Santo que llevamos en nosotros? Pero tiene que haber movimiento. Las mareas ayudan a evitar que el océano se estanque. Agua estancada es agua muerta. Dios nos puso para llevar la vida a otros. ¡Sí, para eso estamos tú y yo aquí, para generar mareas de vida y cambio! Pero tenemos que movernos, tenemos que actuar.

Nunca antes lo había pensado. Me encanta observar la luna, admirar su esplendor en la noche. De hecho no hace mucho también salimos de madrugada, todos en la casa, para ver “la luna roja”. ¡Qué espectáculo tan hermoso! Sin embargo, no fue hasta hace unos días que pensé en querer ser como ella. Y quién sabe, tal vez después de leer esto, tú también te animes. 

Brillar con la luz de Jesús, generar mareas, difundir el cambio, llevar vida… 

Así fue como Dios lo diseñó.

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