Quiero una revolución

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Muchas veces queremos una revolución espiritual en nuestra vida y familia, pero no tomamos las medidas necesarias. ¡No esperes más!

Cuando miras un vaso que solo contiene agua hasta la mitad, ¿cómo lo ves? ¿Medio vacío o medio lleno? La cantidad de agua es la misma, lo que cambia es nuestra manera de verlo, ¿cierto? Si yo me dejo llevar por mi tendencia natural, lo veré medio vacío. Sin embargo, si uso la perspectiva que Dios me da en su Palabra, todo cambia. Hay una revolución en mi pensamiento y mi manera de ver la vida.

El otro día estaba leyendo sobre uno de mis reyes favoritos, Josafat. No fue perfecto, pero la Biblia nos dice que estaba “profundamente comprometido con los caminos del SEÑOR”. Tal fue su compromiso que Josafat hizo una revolución en Judá. Pero no estoy hablando de una revolución militar, aunque sí participó en varias campañas de este tipo. Estoy hablando de una revolución espiritual. Lee estos fragmentos del capítulo 17 de 2 Crónicas:

“En el tercer año de su reinado, Josafat envió a sus funcionarios a enseñar en todas las ciudades de Judá… Llevaron copias del libro de la ley del SEÑOR y recorrieron todas las ciudades de Judá, enseñando a la gente… Entonces el temor del SEÑOR vino sobre todos los reinos vecinos para que ninguno de ellos quisiera declarar la guerra contra Josafat… Entonces Josafat llegó a ser cada vez más poderoso y construyó fortalezas y ciudades de almacenamiento en todo el territorio de Judá. Almacenó numerosas provisiones en las ciudades de Judá y estableció un ejército de soldados experimentados en Jerusalén”.

¿Te percataste de qué hizo este rey para transformar su país? Enseñar la Palabra de Dios. Ahí fue donde comenzó el éxito de Josafat.

Muchas veces queremos una revolución espiritual en nuestra vida, en nuestra familia, incluso en nuestro país, pero no tomamos las medidas necesarias. Queremos que todo suceda por “arte de magia”. Y lamentablemente no es así.

Para poder ver el vaso medio lleno en lugar de medio vacío, yo he tenido que tomar medidas con mis pensamientos. Llenarlos con la Palabra de Dios para que se produzca en ellos una revolución. Por ejemplo, cuando alguna situación real o algo que tal vez yo solo esté imaginando intenta robarme el gozo, hago en mi mente un inventario de todas las bendiciones que el Señor me ha dado y pienso en este versículo: “El gozo del Señor es mi fortaleza”.  Mi gozo viene de conocer a Dios, no de mis circunstancias ni de mis pensamientos. Estos últimos los llevo “cautivos a Cristo” y los revoluciono con la Palabra de Dios.

Quiero una revolución espiritual en mi familia. El mundo en que estamos viviendo es contrario a Dios. De eso no te quede duda. Nuestros hijos son bombardeados constantemente con mensajes negativos que desafían lo que Dios dice, que les llevan a la destrucción física y moral. ¿Cómo revolucionamos eso? Haciendo lo que hizo Josafat. Cuando él llegó al trono tomó medidas para que su país volviera a buscar a Dios. ¿Qué medidas? Enseñar a todos la ley de Dios.

Vamos a tomar esto en serio. No basta con la escuela dominical el domingo, ni siquiera con la enseñanza que puedan darles a tus hijos si van a una escuela cristiana. La responsabilidad primaria es nuestra. Tenemos que enseñarles nosotros la Palabra de Dios y veremos la revolución espiritual. Tal vez tome años, pero recuerda que la Palabra de Dios no vuelve a él vacía, produce frutos. Conmigo pasó, por eso lo digo con tanta seguridad. Mis abuelos no se cansaron de llenar mi tanque diario con Palabra de Dios. No siempre fui obediente, pero un día, aquella labor constante me llevó a los pies de la cruz.

Este es nuestro desafío, igual que lo fue para Josafat. Pero es un desafío con promesa (Deuteronomio 28). Comencemos desde hoy nuestra propia revolución. Tenemos por comandante al Dios de los Ejércitos. Seamos valientes y él nos dará la victoria.

Para ayudarte, puedes hacer una lista de las promesas de Dios que te ayudarán a revolucionar tus pensamientos. 

Vive hoy como Dios lo diseñó.

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