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¿Quiénes creemos que somos?

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La gracia y misericordia inagotables de Dios no elimina la necesidad de enmendar nuestras vidas.

"¿Quién puede discernir sus propios errores? Absuélveme de los que me son ocultos. Guarda también a tu siervo de pecados de soberbia; que no se enseñoreen de mí. Entonces seré íntegro, y seré absuelto de gran transgresión.” – Salmo 19:12-13 (LBLA)

“¿Quién te crees que eres?” puede ser dicho como una suave instigación en manos de un consejero astuto, o puede ser una acusación de arrogancia por parte de alguien ofendido por tu comportamiento o palabras. La arrogancia presupone el derecho a decir: "¡Tengo derecho al favoritismo por mis grandes contribuciones a la sociedad! ¡Estoy por encima de todos y soy más inteligente que todos!" Tales personas creen que el mundo les debe un favor, y el tamaño de ese favor es proporcional a la arrogancia que poseen. Tal vez conozcas a alguien cuya excesiva arrogancia inhibe tu capacidad de ser educado en su presencia. Hasta su supuesta humildad es irritante. Me recuerda una cita atribuida a Golda Meir, ex primera ministra de Israel, quien una vez dijo a un dignatario VIP visitante: "No seas tan humilde; no eres tan genial".

¿Somos culpables de una arrogancia similar? ¿Obstaculiza ella nuestro testimonio?

"Guarda a tu siervo de los pecados de soberbia", suplica el salmista. ¿Qué son los “pecados de soberbia”? Esto habla de nuestra insistencia en pecar, creyendo que Dios al final nos va a perdonar y a que, mientras tanto, todo va bien con nuestras almas. Los luteranos, por extraño que parezca, pueden ser particularmente susceptibles a este tipo de pecado.

¿Por qué? Porque nuestra piadosa confesión y absolución de pecados, con la que comenzamos cada servicio de adoración, puede darle a uno la idea de que Dios perdona los pecados semanalmente, independientemente de nuestra intención de enmendar nuestras vidas. “… que [los pecados de soberbia] no se enseñoreen de mí. Entonces seré íntegro, y seré absuelto de gran transgresión", suplica el salmista David. El pecado de soberbia es una transgresión "grande" porque posee la capacidad de dominar y arruinar la vida santificada en Cristo.

Considera al autor de este salmo: el rey David, el dulce salmista de Israel; David el vencedor sobre todos los enemigos de Dios desde su juventud; David, bendecido con riquezas, esposas e hijos en abundancia; David, la mano derecha de Dios en la tierra, específicamente elegido por encima de sus hermanos para dirigir a todo Israel. Seguramente David debe haberse sentido especial, apartado y favorecido por Dios. Con esta lluvia de bendiciones celestiales, David supuso que Dios siempre sería misericordioso con él, a pesar de los deambulaciones de su propio corazón. Tal presunción cree erróneamente que el mérito de la gracia de Dios le pertenece completamente a David y no a Dios.

Luego apareció Betsabé: el pecado de soberbia de David.

Conocemos el resto de la historia: problemas por todas partes. Nunca salieron de la casa de David. ¿La lección? Sé sabio, teme a Dios, aléjate y ahórrate el castigo inevitable que seguirá. Sí, la gracia de Dios en Cristo Jesús es incondicional, eterna y más grande que nuestro pecado de soberbia. Pero cuando la tentación golpee, ¡mira a la cruz! Cuenta el costo y declara: “¿Cómo puedo tener la soberbia de pecar ante tal amor? ¿Quién creo que soy? ¿Cómo puedo pecar deliberadamente primero y suponer su perdón más tarde?

En vez de ello, busquemos a Dios en su Palabra, arrepintiéndonos por nuestros errores, rogándole seriamente por la gracia y el perdón que solo están disponibles a través de su Hijo Jesús.

ORACIÓN: Padre celestial, la próxima vez que pretenda pecar y presumir de tu perdón, dirige mi corazón a la cruz de Cristo y concédeme el verdadero arrepentimiento. Amén.

Por: Dr. Mark Schreiber

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