¿Qué tal está tu orgullo?

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El pecado ha logrado que el orgullo pasara de ser un vicio a convertirse en una virtud.

“Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”, Filipenses 2:5-8.

Con el pasar del tiempo, y con los cambios en la cosmovisión hacia el post-cristianismo, el orgullo que antes se consideraba un vicio se ha convertido en una virtud. Cuando Dios –el Creador y Sustentador del universo– formaba parte de la cultura general, había una aceptación de la realidad: Dios es Dios y nosotros somos criaturas. Pero como la cultura moderna ha quitado a Dios del centro (aun cuando admita que Él existe), el hombre ha tomado su lugar y ahora Dios es considerado como siervo.

Ahí podemos ver lo que el orgullo es: el deseo de ser como Dios. Estamos tan acostumbrados a vivir con el orgullo en medio nuestro que no nos percatamos la gravedad del pecado, al punto que la decisión de Eva de actuar en esta dirección cambió el mundo para siempre. ¿Por qué tan grave condena? “Porque Dios resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes”, Santiago 4:6.

Por su parte, la  humildad no es pensar menos de ti sino pensar menos en ti. Es reconocer lo que realmente somos, criaturas con una necesidad de Dios. Como nos recuerda 1 Corintios 4:7 “¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?”.

En contraste, el orgullo es el deseo de levantarnos y exaltarnos por encima de lo que realmente somos, produciendo en nuestra mente a un Dios más pequeño que nosotros. Nuestras ideas y pensamientos se convierten en el centro de gravedad, con una actitud de autosuficiencia, auto-importancia y auto-exaltación, y a la vez produciendo una indiferencia o hasta un desprecio hacia el prójimo.

Esto es lo opuesto al ejemplo de Jesús en Filipenses 2 y es contrario a lo que Dios nos enseña en Romanos 12:16 “Tened el mismo sentir unos con otros; no seáis altivos en vuestro pensar, sino condescendiendo con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión”. Es también la razón de que las culturas estén empeorando gradualmente (Santiago 4:6).

La humildad es ser libres del orgullo y de la arrogancia. Es saber que en la carne somos inadecuados, pero al mismo tiempo reconocer quiénes somos en Cristo (1 Pedro 2:9). Es no caminar en nuestra propia fuerza sino en el poder del Espíritu Santo (Juan 15:5). Es tener la misma actitud de Juan: “es necesario que Él crezca, y que yo disminuya”, Juan 3:30.

Gloria verdadera

¿Hay algún orgullo sano para los cristianos? Sí, cuando alardeamos lo que Dios está haciendo o lo que Él ha hecho (Romanos 15:17-19). Dios es el gran maestro: Él está desarrollando su plan desde la eternidad, y Él seguirá obrando hasta que todo esté completado. Sus promesas son seguras y podemos confiar en todo lo que Él ha dicho. Si estamos caminando con Él, nos irá transformando para lucir cada vez más como Él (2 Corintios 4:16), y esa buena obra no terminará hasta al final, donde seamos mansos y humildes, como Jesús (Mateo 11:29).

 

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