¿Qué aprendemos de un legado perverso?

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El anhelo de toda madre cristiana es que por medio de la gracia de Dios y la obra de nuestro Señor Jesucristo nuestros hijos sean obedientes.

Marcos 6:21-26: Pero llegó un día oportuno, cuando Herodes, siendo su cumpleaños, ofreció un banquete a sus nobles y comandantes y a los principales de Galilea;  y cuando la hija misma de Herodías entró y danzó, agradó a Herodes y a los que se sentaban a la mesa con él; y el rey dijo a la muchacha: Pídeme lo que quieras y te lo daré.  Y le juró: Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino. Ella salió y dijo a su madre: ¿Qué pediré? Y ella le respondió: La cabeza de Juan el Bautista. Enseguida ella se presentó apresuradamente ante el rey con su petición, diciendo: Quiero que me des ahora mismo la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja.  Y aunque el rey se puso muy triste, sin embargo a causa de sus juramentos y de los que se sentaban con él a la mesa, no quiso desairarla”.  

Esta historia es tan horrible, que al pensar en los protagonistas rechazamos de manera inmediata sus actuaciones: la insensatez y necedad de un rey y la gran maldad de esta mujer que usó a su hija para pedir la cabeza de Juan el Bautista. Entonces,  ¿qué enseñanza positiva puede salir de una historia como ésta? Pues hace algún tiempo, al preparar un estudio sobre la obediencia para compartirlo con unos niños en el colegio, revisé esta historia y aquí les comparto algunas consideraciones.

Herodías usó a su hija para ejecutar un plan perverso, pero lo que me llama la atención es la actitud de la joven. Danzó para el rey y sus acompañantes y “agradó al rey”, otra versión también nos dice que “agradó al rey y a los presentes”. Así que debemos suponer que era hermosa y con buenas cualidades para la danza, aun así ella no tomó ventaja de sus atributos de manera individual, sino que al verse frente a la más grande oportunidad de su vida, una que probablemente jamás se repetiría, cuando el rey le dijo: “Pídeme lo que quieras y yo te lo daré”, ¿cuál fue la primera reacción de esta joven  a pesar de que ya no era una niña? Saliendo ella, dijo a su madre ¿qué pediré? No hay duda de que esta madre había cultivado un legado en su hija, el corazón de esta joven estaba confiado en el juicio de su madre, ella había sido entrenada para obedecer.

Cuando Herodías le responde, leemos que la joven “entró prontamente al rey”, no titubeó, no dudó, no argumentó con la propuesta, aunque estaba perdiendo una gran oportunidad por un capricho de su madre. ¿Qué madre no quisiera cultivar un legado así en sus hijos? ¿Qué madre no quisiera que el corazón de sus hijos estuviera inclinado hacia ella en esta forma?

Cuánto quisiéramos que al dar un consejo, una propuesta motivada en el bien de nuestros hijos y sobre todo amparada en la Palabra de Dios, su respuesta fuera la misma que la de esta joven, sin argumento, sin dudas y prontamente.

Esta historia contrasta con la de otra joven a quien le fue hecha la misma pregunta. La respuesta de una trajo la muerte de un hombre justo, mientras que la respuesta de la otra trajo vida a todo un pueblo. “¿Cuál es tu petición, reina Ester, y te será concedida? ¿Cuál es tu demanda? Aunque sea la mitad del reino, te será otorgada”.

El anhelo de toda madre cristiana es que por medio de la gracia de Dios y la obra de nuestro Señor Jesucristo nuestros hijos sean obedientes, que no argumenten con los mandamientos de Dios y que sean usados para hacer bien en Su Reino.

Señor, concédenos el corazón de nuestros hijos. Ayúdanos a entrenarlos para obedecer y así, cuando Tú los llames, les resulte más fácil obedecerte sin argumentar, sin duda y prontamente al igual que a cualquier otra autoridad que Tú pongas sobre ellos.

Por Sandra Isabel Patín de Matos

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