Por un momento

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La gracia de Dios es como un hermoso arcoíris que resplandece en medio de las tormentas de la vida.

“Porque por un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida. Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría”, Salmos 30:5

Alguien escribió en cierta ocasión que “algunas veces Dios te quita algo que nunca pensaste perder, para darte algo que nunca pensaste tener”. Ese es un pensamiento hermoso y consolador, porque nuestro Dios no sólo es un Dios poderoso, sino sabio.

Debemos aprender a confiar no sólo en Su poder, sino también en Su sabiduría. Él siempre se valdrá de los mejores medios para lograr los mejores fines, aunque esos medios en muchas ocasiones tengan que ser el dolor y la aflicción. Hay muchas cosas que Dios tiene y quiere enseñarnos, y la universidad a la que tendremos que asistir para recibir esas lecciones divinas es la escuela del dolor, en la que el maestro que nos instruirá será el sufrimiento.

El texto de hoy nos trae lindas enseñanzas para que meditemos profundamente en ellas. Lo primero que nos enseña es que el dolor será siempre pasajero, en contraste con Su gracia que será siempre permanente. Por eso nos dice el salmista que “por un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida”. La gracia de Dios es como un hermoso arcoíris que resplandece en medio de las tormentas de la vida. La noche del dolor siempre traerá consigo la mañana del gozo.

Dios usa el sufrimiento con propósitos didácticos y pedagógicos y Él nunca permitirá que seamos probadas en el horno de la aflicción más allá de nuestras capacidades espirituales para resistir. Él nos conoce a cabalidad y sabe perfectamente qué tanto podemos soportar a la hora de la prueba.

Lo segundo que nos enseña el texto es que debemos concentrarnos más en el beneficio espiritual que se deriva de la aflicción, que en la aflicción misma. Dios no permite las circunstancias aflictivas porque Él se goza en vernos sufrir y llorar, ¡no! eso sería una crueldad. Todo lo que Dios hace es para nuestro bien y para mostrarnos Su gracia. Dice el texto: “Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría”.

Él nunca hará algo porque deriva algún placer morboso cuando ve padecer a Sus hijos amados. Si entendiéramos que al final será mayor la bendición que habremos de recibir que la angustia del momento que estamos atravesando, de seguro permitiríamos con gozo que Dios desarrollara en nosotros Su propósito santo, aunque para ello tenga que valerse de situaciones aflictivas, como dice Romanos 8:28, “A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien”.

Y lo tercero que nos enseña el pasaje es que, aunque podamos perder momentáneamente el gozo de la vida, nunca perderemos nuestra inquebrantable unión con Cristo. El dolor sólo afecta el cuerpo, pero no puede afectar el alma; el dolor es sólo temporal, pero la gracia de Dios es eterna.

Amada hermana, nada ni nadie podrá afectar en el más mínimo sentido nuestra inseparable unidad con Cristo. Pablo dice en Romanos 8:38-39, “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada, nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.

Oración: Padre, frente a esto solo podemos dar un fuerte ¡améééén! En el nombre de Jesús.

Por Carmen García de Corniel

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