Plenitud de gozo

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Dios ha puesto la cruz a nuestra disposición para enmendar todo daño que hemos hecho o que nos han hecho.

“Me mostrarás la senda de la vida; En tu presencia hay plenitud de gozo; Delicias a tu diestra para siempre”, Salmos 16:11

Una noche mientras estudiábamos sobre la Cruz en el grupo de estudio de la Palabra, uno de los hermanos, quien es nuevo creyente, nos compartió un testimonio de como él tomó la Cruz en una situación. Nos contó que sin razón alguna se había despertado en él una aversión contra su jefe, quien era un buen hombre y no había hecho nada contra él. Aun así el jefe le caía mal y frecuentemente hacía comentarios desagradables sobre él a sus compañeros de trabajo y además era insubordinado. Un buen día el Espíritu Santo le redarguyó y, sin él entender por qué, empezó a llorar y sintió que estaba actuando de forma incorrecta con este hombre; por lo tanto, le pidió perdón por todo lo que había hecho. Este acto dio como resultado una bella relación de amistad  y respeto que permanece hasta hoy.

Al escuchar esta anécdota, vinieron a mi corazón, acompañadas de un gran gozo, las palabras del versículo citado arriba y se las compartí al hermano. En este salmo vemos cómo Dios nos da plenitud de gozo y nos permite  disfrutar a cabalidad de las delicias que Él ha diseñado para sus hijos. Al vivir de espaldas a la Palabra nos perdemos grandes deleites, perdemos la oportunidad hermosa de predicar el evangelio con nuestro andar y perdemos la dicha de gozar de la libertad que solo los hijos de Dios conocen.

¿Cuántas veces hemos dejado enfriar una relación valiosa por no ir a la Cruz? ¿Cuántas son las personas que nos amaron y amábamos y quedaron heridas en algún lugar de nuestro pasado por no dejar de lado nuestro egocentrismo? ¿Cuántas veces el orgullo nos ha arrebatado la bendición de humillarnos y restaurar lo que el pecado contaminó? ¿Cuántas veces hemos abandonado buenos empleos  por no ceder nuestro derecho? ¿Cuántos matrimonios se han deshecho y como resultado han dejado vidas traumadas y llenas de dolor, y solo por dar honor y culto al yo? ¿Cuántas veces hemos renunciado aun al servicio al Señor porque dimos rienda suelta a nuestra carne y nos hemos estado perdiendo el privilegio de participar en la obra de Cristo?

Dios quiere que vivamos vidas que le honren, vidas que le den gloria a su nombre, vidas que inspiren a otros a venir a sus pies. La Cruz es un lugar de sufrimiento, pero produce dulces frutos y Él la ha puesto a nuestra disposición para enmendar todo daño, para darnos descanso, para saciar nuestras almas, para darnos paz  y para que vivamos la plenitud de gozo que solo Él puede dar. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame” (Mateo 16:24).

Amadas, sabemos que van a venir situaciones donde vamos a pecar contra alguien, o alguien lo hará contra nosotras, y es necesario que pidamos perdón. Mientras más rápido nos humillemos, menos doloroso será y menos consecuencias traerán para nuestras vidas. Recordemos que Jehová atiende al humilde, más al altivo mira de lejos.

Oración: Padre, ayúdanos a ser mansas y humildes como tú lo eres. Ayúdanos a negarnos a nosotras mismas, a tomar nuestra Cruz y a seguirte, porque solo así podremos vivir para ti y para tu gloria. En Cristo te lo pedimos. Amén.

 

Por Belinda Castellanos

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