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Pies presurosos a hacer el bien (Parte 1)

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Evitar hacer lo malo no es suficiente a fin de brillar en este mundo, ni tampoco es lo mismo que perseguir la santidad.

“Seis cosas hay que odia el Señor, y siete son abominación para Él: ojos soberbios, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, un corazón que maquina planes perversos, pies que corren rápidamente hacia el mal, un testigo falso que dice mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos.” – Proverbios 6:16-19

Cuando la Biblia presenta aquellas cosas que el mismo Dios dice odiar, es importantísimo que estudiemos ese pasaje porque seguramente por ese carril no queremos caminar. Y para ir todavía un poquito más allá, si queremos agradar a Dios debemos procurar hacer totalmente el opuesto.

Evaluando las siete abominaciones que menciona Proverbios 16:16-19, la soberbia probablemente sea la causa de las otras seis, pero nos enfocaremos en los pies que corren rápidamente hacia el mal, porque en esa abominación pueden quedar incluidas cada una de las demás, ya que a través de esas otras acciones es que se está haciendo el mal.

Preguntémonos ¿quien corre “rápidamente” hacia las cosas que no agradan al Señor? Primero, quienes no tienen dominio propio. Si lo hace rápidamente, es porque no existe en su interior ninguna lucha por lograr hacer el bien. ¿Y qué es el dominio propio? Una de las características del fruto del Espíritu. Por lo tanto, la persona con ausencia total de dominio propio es aquella que, primero, no conoce la palabra de Dios, segundo, que no le importa Su palabra, y tercero, alguien que no es morada del Espíritu Santo. En conclusión, se trata de una persona no creyente en Cristo. 

Cuando Romanos 3:15 se refiere a aquellos que no conocen a Cristo, menciona que “sus pies son veloces para derramar sangre”, siendo precisamente éste uno de los rasgos que confirman que una persona está viviendo conforme a la filosofía del mundo. Por tanto, cuando el Espíritu Santo pone en nosotras el querer vivir opuestas a la corriente del mundo, no estaremos interesadas en correr rápidamente hacia el mal sino hacia el bien. 

Esto ocurre debido a que ya El Señor nos ha cambiado y por ende no pertenecemos a las tinieblas, por lo que tenemos que aprender a caminar  en la luz (Efesios 5:8). Este aprendizaje es parte de nuestra santificación progresiva. Isaías nos recuerde en 55:8-9 “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos —declara el Señor. Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.”

Siendo así, ¿cómo podemos aprender a vivir como Él quiere? La respuesta es sencilla, estudiando Su palabra, evaluando los dones y talentos que Él nos ha dado, teniendo una comunicación íntima con Él para que aprendemos a oír Su voz y, luego, actuando conforme a lo que Él nos haya dicho, es decir, siendo obedientes.

Como nos señala Efesios 2:10, Dios ha hecho un guion específico para cada una de nosotras: “somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas.” No tenemos excusas para quedarnos simplemente en las buenas intenciones, pues tenemos que actuar de acuerdo a lo que Él nos dice.

Santiago nos explica la necesidad de actuar en el capítulo 2, versículos 17, 24 y 26: “Así también la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta… Vosotros veis que el hombre es justificado por las obras y no sólo por la fe… Porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta.”

Y Él tiene promesas para quienes actúan, como podemos observar en este pasaje: “sed hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra, y no hacedor, es semejante a un hombre que mira su rostro natural en un espejo; pues después de mirarse a sí mismo e irse, inmediatamente se olvida de qué clase de persona es. Pero el que mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, no habiéndose vuelto un oidor olvidadizo sino un hacedor eficaz, éste será bienaventurado en lo que hace.” Santiago 1:22-25.  

Cristo es la luz del mundo (Juan 8:12) y debido a que estamos viviendo en un mundo perverso y torcido, necesitamos brillar con Su luz (Filipenses 2:15). Evitar la maldad no es suficiente a fin de brillar para Él, ni tampoco es lo mismo que perseguir la santidad. Santidad no es solamente un estado interior sino que implica sacrificar mi voluntad para la Suya. Es hacer lo que Cristo haría si estuviera en tus zapatos en esa situación determinada.

Sus zapatos son demasiados grandes para nosotras, pero con Su gracia puedo tener una voluntad dispuesta a poner al prójimo antes de mi… “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados; y andad en amor, así como también Cristo os amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma” Efesios 5:1-2.

Las mujeres rendidas a Cristo, sirviendo a su esposo, su familia, la iglesia y, luego, al mundo, esparcirán el aroma de Cristo. Hacer lo que otras no hacen marcará la diferencia. Cuando actuamos igual que el mundo, ellos no ven en nosotras una razón por la cual deben cambiar.

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