Perdonando como Jesús nos perdonó (Parte 1)

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La falta de perdón es un ladrón del gozo prometido por Dios y un legado que pude marcar generaciones.

A cada persona le encanta recibir el perdón, pero cuando se trata de extenderlo, muchos prefieren evadirlo. Evadir el perdón es un peligro para nuestro gozo. De hecho, no perdonar es una de las razones más comunes por las que los cristianos no experimenten la plenitud de gozo. Efesios 4:26 dice, “ Enójense, pero no pequen; no se ponga el sol sobre su enojo, ni den oportunidad al diablo”. Cuando nos rehusamos a perdonar, estamos dándole una oportunidad para que el pecado crezca por causa del diablo.

Esto lo vemos en la vida de David, particularmente en el momento que llegó a Bahurim, donde Simei lo estaba maldiciendo y tirándole piedras a él y a sus siervos. Al ver que Simei se estaba burlando de ellos, un sirviente de David le pidió permiso para matarlo. David respondió con palabras centradas en Dios:

“¿Qué tengo yo que ver con ustedes, hijos de Sarvia? Si él maldice, y si el Señor le ha dicho: ‘Maldice a David,’ ¿quién, pues, le dirá: ‘¿Por qué has hecho esto? Entonces David dijo a Abisai y a todos sus siervos: “Mi hijo que salió de mis entrañas busca mi vida; ¿cuánto más entonces este Benjamita? Déjenlo, que siga maldiciendo, porque el Señor se lo ha dicho. Quizá el Señor mire mi aflicción y me devuelva bien por su maldición de hoy”, (2 Samuel 16:10-12).

Aquí se ve claramente un hombre con un corazón conforme a Dios (1 Samuel 13:14). Sin embargo, hasta los hombres de Dios pueden endurecer su corazón al no extender perdón. Si leemos adelante en la historia, podemos observar que antes de morir David le dijo a su hijo Salomón:

“Mira, contigo está Simei, hijo de Gera, el Benjamita de Bahurim; él fue el que me maldijo con una terrible maldición el día que yo iba a Mahanaim. Pero cuando descendió a mi encuentro en el Jordán, le juré por el Señor, diciendo: ‘No te mataré a espada.’ Pero ahora, no lo dejes sin castigo, porque eres hombre sabio. Sabrás lo que debes hacer con él y harás que desciendan sus canas con sangre al Seol”, (1 Reyes 2:8-9).

A veces el enojo que uno guarda puede endurecer el corazón por una vida entera. Y en este caso, David no solamente no perdonó a Simei, sino ¡también pasó a su hijo Salomón el legado de no perdonar!

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