Pequeños respiros mientras nadas en las aguas de la maternidad

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Sarah Jerez nos comparte algunas verdades que proporcionan oxígeno para seguir nadando mientras se es mamá.

Tenía 21 años de edad y un año y medio de casada cuando quedé embarazada de mi primera hija. Como primerizos, mi esposo y yo teníamos una mezcla de emociones: felices, nerviosos, asustados. Esperábamos su nacimiento con gozo y mucha expectativa. Nos inscribimos en los cursos del hospital sobre el parto, el cuidado de la bebé, la lactancia; y en la iglesia sobre la crianza. ¡Estábamos “listos”! O al menos, eso pensábamos...

Nueve meses más tarde llegó nuestra hija trayendo tanta vida y gozo. También largas noches sin dormir, lactancia constante, llanto y más llanto. Nada pudo prepararme realmente para la maternidad. No esperaba los temores y ansiedades, ni el cansancio. No anticipaba el amor que sentiría, pero tampoco la desesperación. La maternidad me golpeó como una ola, chocando fuertemente contra mis deseos de control, mi autosuficiencia y mi egoísmo.

Cuatro años después, hoy tenemos tres preciosos hijos. ¡Es intenso! ¡La maternidad es difícil! No tengo todas las respuestas, pero sí días de desesperación, temor y de muuuuuucho cansancio. No obstante, el Señor me ha ido dando un poco de perspectiva en medio del caos. Comparo la maternidad con una ola que te golpea y sumerge bajo el agua. Estos primeros años son el tiempo debajo del agua. Algunas verdades me han servido como pequeños respiros que me proporcionan oxígeno para seguir resistiendo. Espero que sean de ánimo y estímulo para quienes se están cansando de nadar y necesitan un poco de aire.

Hay un tiempo para todo.

“Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo” (Eclesiastés 3:1).

La vida se vive por etapas. ¡No podemos hacerlo todo, todo el tiempo! A las mujeres nos encanta jactarnos de hacer muchas cosas al mismo tiempo. Pero no debe ser así. El Señor ha designado un tiempo para todo. Muchas veces me desespero y quiero aceptar más compromisos de lo debido y sólo logro crearme estrés, ansiedad y un sentimiento de ahogo.

Es una etapa lenta, en lo secreto, tras bastidores. Cambiar pañales, poner curitas, jugar al escondido y recoger el mismo desorden veinte veces el mismo día. Parece que nunca terminará. ¡Solo sientes cansancio! ¡Esos momentos “debajo del agua” parecen eternos! Pero como todo en la vida, esto también pasará. Y mucho más rápido de lo que imaginas. Cuando aceptamos la etapa en que Dios nos tiene, la carga se hace más ligera y nadamos más tranquilas. El criar hijos es un ministerio. Aceptar y abrazar esta etapa nos mantiene a flote.

Segarás lo que siembras.

“No os dejéis engañar, de Dios nadie se burla; pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará... Y no nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo, si no nos cansamos, segaremos” (Gálatas 6:7, 9).

En una sociedad de resultados inmediatos, la maternidad se percibe como pérdida de tiempo y esfuerzo. Pero se nos ha dado una encomienda. Tenemos la misión de mostrar la belleza y gloria de Jesucristo a nuestros hijos. Hasta el acto más pequeño puede sembrar en los corazones de nuestros hijos amor por Dios y deseo de vivir para Cristo.

Hay días que me pregunto: “¿Por qué hago lo que hago?” “¿Por qué corrijo a mi hija una vez tras otra por lo mismo?” “¿Por qué oro y leo la Biblia con niños si a veces no ponen atención?” “¿Por qué me paso el día ocupándome de cosas tan ordinarias?” Dios me recuerda, “¡No te dejes engañar! ¡Lo que siembras, cosecharás! ¡No te canses de hacer el bien!”

Algunas no veremos fruto de este lado de la eternidad. La maternidad, así como la vida cristiana, es un llamado a la fidelidad, aunque no veamos resultados. ¡Pero la cosecha vendrá!

Un siervo no es mayor que su señor.

“Pues si yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. En verdad, en verdad os digo: un siervo no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que lo envió” (Juan 13:14-16).

“Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo... ” (Filipenses 2:5-7a).

La maternidad es difícil porque nos llama a dar, dar y dar. Una madre, especialmente con niños pequeños, ¡nunca está de vacaciones! Es un trabajo 24/7 con demandas constantes. Muchas veces sentimos que es un desperdicio de nuestros talentos y preparación, pero el llamado de Dios para nosotras (y para todo creyente) es un llamado al sacrificio, servicio y rendición. Así como Cristo se despojó y no se aferró a su “estatus”, también nos despojamos y consideramos todo nuestro “currículo” como basura (Fil. 3:7-10). Cuando sientas que no puedes más y que tus hijos han demandado demasiado, recuerda y considera a tu Señor quien dio Su vida, y sigue dando más, más y más.

Cristo es suficiente.

“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5).

No eres ni nunca serás la madre perfecta. No somos suficientes en nosotras mismas ni para nuestros hijos. ¡Qué verdad tan liberadora es saber que no tenemos que serlo! Sólo hay Uno que es suficiente para nosotras y nuestros hijos, ¡Jesucristo!

No pretendamos llevar a cabo una encomienda tan sagrada en nuestras fuerzas. Despojémonos de la culpa y la autosuficiencia y aferrémonos a la Vid. Recientemente escuché a Jani Ortlund decir en un programa de Revive Our Hearts sobre la maternidad: “Quien eres como cristiana es más importante que quien eres como mamá”, queriendo decir que es de la relación con Cristo que fluye todo lo demás. Su Palabra es nuestro alimento y sustento y Su Espíritu es nuestro motor, “porque en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17:28). ¡Fijemos nuestros ojos en Él!

Cristo no solo es suficiente para la maternidad, sino también para satisfacer tu alma. Tu identidad no se encuentra en tu rol como madre, ni tu plenitud en tus hijos. ¡Sólo Cristo nos da sentido, propósito y satisfacción eterna!

Tomémoslo de la mano para caminar sobre las aguas y digamos a nuestra alma: “¡Todo lo puedo en Cristo que me fortalece!” (Filipenses 4:13) y “En Dios solamente espera en silencio mi alma; de Él viene mi salvación” (Salmo 62:1).

No nades sola.

“Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6:2).

Dios nos creó para vivir en comunidad. Necesitamos hermanas en Cristo que hablen verdad a nuestra vida, nos animen en la carrera y nos recuerden la cosecha que nos espera. El estrés y las ocupaciones de la maternidad nos hacen aislarnos. Sentimos que estamos solas y que somos las únicas pasando trabajo y fallando de tantas maneras. ¡Pero no es así! ¡No estás sola!

Necesitamos mujeres jóvenes dispuestas a dar una mano y servir a madres que se están ahogando. Y madres cristianas en nuestra misma etapa que nos apoyen y digan: “estamos en esta carrera juntas". Mujeres ancianas que nos sirvan de ejemplo, enseñándonos el camino y recordándonos los frutos de una vida vivida para Cristo.

La maternidad nos golpea como una ola, una ola de gracia y amor de nuestro Señor. Tomémonos de la mano y levantémonos las unas a las otras cuando nos estemos ahogando.

Estas verdades me han animado a seguir. Quiero alentarte a “continuar nadando”. Recuerda subir a tomar aire de vez en cuando.

¿Qué te ha enseñado la maternidad? ¿Qué verdades han sido tu soporte?

Por Sarah Jerez

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