"Papá, mamá, perdón"

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¿Por qué en ocasiones es más difícil perdonar a nuestros propios padres que a otra persona?

“Hasta setenta veces siete.” – Mateo 18:22

El cálculo no es setenta por siete, tampoco es la suma de setenta veces siete, sino que es una sucesión de setenta veces el número siete.

A mi hermana se le ocurrió ayudarme a interpretar la cifra obtenida sobre una recta numérica. Ella me explicó que ese número, además de ser difícil de leer, se encuentra tan alejado del punto cero que tiende al infinito, por lo cual la única forma de representarlo es con el símbolo infinito (¥).

Analizando esta pequeña explicación matemática, Jesús se refirió a una clase de perdón de modo infinito en donde no importa la cantidad de veces que te ofendan, tu disposición para perdonar debe ser una, y otra, y otra vez.

A medida que creces, crece contigo la libre elección de relacionarte con las persona que quieres y, en cierta medida, te encuentras dispuesta a perdonar a quienes también elegiste amar. Pero, ¿Qué hay de las personas a quienes no elegiste? ¿Qué pasa con las personas que Dios colocó en tu camino sin preguntar si eran de tu preferencia o no? ¿Qué hay de tus padres?

Estando dentro de las cuatro paredes de la casa las cosas son distintas. Allí se caen las máscaras, tú y tus padres se dejan ver tal cual son. En la convivencia diaria se descubren los lados más oscuros de cada integrante y es inevitable no salir lastimada en tu entorno familiar.

A lo largo de todos estos años necesitaste de una consejera, una amiga, pero mamá no midió sus palabras contigo, descargó todo su dolor disfrazado de gritos y regaños que te lastimaron más que un golpe en la nalga.

Anhelaste el abrazo tierno de papá, pero él te exigió cumplir con sus estándares de excelencia y te condenó de insuficiencia. Papá prefirió su trabajo antes que compartir tiempo contigo, él te abandonó, prefirió otra familia antes que a ti.  

Soñaste con una familia feliz, pero ellos eligieron el divorcio. Esperaste que se acercaran a ti, pero te dieron la espalda cuando más lo necesitaste. Hubo preferencias entre tus hermanos y tú,  sentiste su rechazo. Confiaste en él, pero abusó de ti. No conociste el rostro de tu madre, porque eligió a otro hombre. Dependías de ellos, pero no suplieron tus necesidades. Creciste lejos de ella, porque ella no te quiso. Esperabas una muestra de afecto, algo sencillo, pero pasaron por alto tus días especiales, los esperaste, pero no llegaron. Jamás los pudiste entender. ¿Por qué actuaron así? No se interesaron por conocerte, nunca supieron tus necesidades, nunca te dijeron: Te amo.

Heridas grandes y pequeñas, heridas marcadas una y otra vez multiplicadas por los años que tienes, duplicadas por los días que has vivido, dolores que se acercan al infinito. Indiscutiblemente el perdón también llega hasta allí.

Papá y mamá fueron colocados por Dios sin consentimiento tuyo, puede que no sean el mejor ejemplo para ti, pero con todo y defectos no habrá nadie como ellos en el mundo, Dios los eligió para traerte a la vida. ¿Por qué guardarles rencor? 

No te empeñes en ponerle límite al perdón manteniendo tu rechazo hacia ellos, Jesús te reta a ir más allá renunciando a cualquier oportunidad de venganza y abriendo tu corazón hacia la infinidad del perdón reconciliador.

“Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres.” –  Malaquías 4:6

Dios te ha dado la capacidad para amar y también la de perdonar.

Por Angélica Jiménez

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