Nuestro pecado y la santidad de Dios

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Para apreciar el poder del sacrificio de Cristo, debemos reconocer el estado desde el cual hemos sido redimidos.

Pasaje Bíblico: “Pero por causa de su defecto no pasará más allá de la cortina ni se acercará al altar, para no profanar mi santuario. Yo soy el Señor, que santifico a los sacerdotes” – Levítico 21:23

Nuestro Padre celestial está completamente lleno de amor y a la vez es completamente santo, y en la tragedia más grande de todos los tiempos, nuestro pecado hizo que el amor y la santidad de nuestro Dios estuvieran en oposición. Su mayor deseo era tener una relación perfecta y no adulterada con nosotros, y con Adán y Eva ese anhelo se cumplió. Dios podía disfrutar de la comunión con nosotros sin separación. Pero cuando el pecado entró en la gran narrativa de la historia humana, la inquebrantable y santa naturaleza de Dios ya no podía permitirle caminar en perfecta comunión con nosotros. Nuestro pecado causó una ruptura entre nosotros y él que su amor no pudo superar.

Tan grande es la santidad de nuestro Dios y tan grande fue la profundidad de nuestro pecado que un velo se colocó entre nosotros y nuestro Padre celestial, un velo que significaba la separación horrible de Dios y el hombre. En una descripción del velo, Éxodo 26:31-33 dice: “Haz una cortina de púrpura, carmesí, escarlata y lino fino, con querubines artísticamente bordados en ella. Cuélgala con ganchos de oro en cuatro postes de madera de acacia recubiertos de oro, los cuales levantarás sobre cuatro bases de plata. Cuelga de los ganchos la cortina, la cual separará el Lugar Santo del Lugar Santísimo, y coloca el arca del pacto detrás de la cortina”.

Solo un hombre, elegido para ir ante Dios como representante de Israel, podía pasar a través del velo una vez al año en el Día de la Expiación. Y tan grande era la santidad de Dios y también nuestro pecado que, si alguien más entraba, el poder de la santidad de Dios los mataba. En Levítico 16:2 dice: “Le dijo el Señor a Moisés: ‘Dile a tu hermano Aarón que no entre a cualquier hora en la parte del santuario que está detrás de la cortina, es decir, delante del propiciatorio que está sobre el arca, no sea que muera cuando yo aparezca en la nube por encima del propiciatorio’”.

Para apreciar el poder del sacrificio de Cristo, debemos reconocer el estado desde el cual hemos sido redimidos. En Lucas 7:47, en referencia a la profundidad del amor de una prostituta por él, Jesús dice: “Por esto te digo: si ella ha amado mucho, es que sus muchos pecados le han sido perdonados. Pero a quien poco se le perdona, poco ama”. Se te ha perdonado mucho, independientemente de tu estilo de vida. Tan grande fue el abismo que creó tu pecado que fuiste incapaz de comunicarte con tu Creador. Sin el sacrificio de Cristo, no tendrías una relación restaurada con Dios, ningún Espíritu Santo viviendo en ti, y ninguna gracia, misericordia o perdón total.

Para que hoy puedas amar mucho a tu Padre celestial, dedica tiempo a la oración concentrándote en la profundidad de tu pecado, el cual ha sido sacrificialmente redimido por el amor de Jesucristo.

Guía de Oración:

1. Medita en la profundidad de tu pecado heredado. Estabas, por naturaleza, completamente separado del amor de tu Padre celestial.

“En ese tiempo también todos nosotros vivíamos como ellos, impulsados por nuestros deseos pecaminosos, siguiendo nuestra propia voluntad y nuestros propósitos. Como los demás, éramos por naturaleza objeto de la ira de Dios” – Efesios 2:3

“Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor” – Romanos 6:23

“Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” – Romanos 3:23

2. Tómate un tiempo para reflexionar sobre cómo sería tu vida sin la relación con tu Padre celestial. ¿Cómo sería estar sin la gracia y el perdón de Dios? ¿Cómo sería estar sin su presencia durante todos tus días?

3. Tómate tiempo para agradecer a Dios por la abundancia de su bondad. Adóralo por su sacrificio. Ámalo grandemente en respuesta a la profundidad de tus pecados.

“Señor, quiero alabarte de todo corazón, y cantarte salmos delante de los dioses. Quiero inclinarme hacia tu santo templo y alabar tu nombre por tu gran amor y fidelidad. Porque has exaltado tu nombre y tu palabra por sobre todas las cosas. Cuando te llamé, me respondiste; me infundiste ánimo y renovaste mis fuerzasSalmo 138:1-3

“Te he visto en el santuario y he contemplado tu poder y tu gloria. Tu amor es mejor que la vida; por eso mis labios te alabarán. Te bendeciré mientras viva, y alzando mis manos te invocaréSalmo 63:2-4

“El Señor es clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor. El Señor es bueno con todos; él se compadece de toda su creación” – Salmo 145:8-9

Ver nuestro pecado a la luz de la santidad de Dios es un recordatorio difícil pero maravilloso de lo mucho que Dios nos ha amado. Jesús sacrificó todo cuando no merecíamos nada. Que vivas hoy en respuesta al favor y la gracia inmerecidos de Dios en tu vida.

Lectura Complementaria: Romanos 5

Por Craig Denison

 

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