Nuestra estrategia de carrera

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Como Pablo, tenemos que elegir olvidar y dejar la pena, el dolor y la culpa en el pasado o, de lo contrario, no podremos seguir adelante.

“olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.” – Filipenses 3: 13-14

¿Puedes imaginar la culpa que Pablo debe haber sentido una vez que se dio cuenta de la magnitud de su pecado? Había sostenido las ropas de aquellos que tenían piedras en sus manos y mataban a Esteban, todo mientras él se quedaba atrás y observaba. Voluntariamente sostuvo sus ropas. Él aprobó su horrendo crimen. No, él no solo lo aprobaba. Pensó que todos estaban haciendo lo correcto; haciendo su parte para detener la propagación del Cristianismo.

Sin embargo, después de su encuentro con Jesús en ese camino solitario y polvoriento en Hechos 9, la vida de Pablo dio un giro de 180°. Aquellos de los que alguna vez estuvo en su contra, ahora estaban de su lado. Aquellos que una vez fueron enemigos, ahora después de conocer a Jesús, eran familia.

Me pregunto si alguna vez luchó con los recuerdos de ese día. ¿Será que ciertos olores o sonidos ocasionaron que regresaran los recuerdos del día en que Esteban fue apedreado hasta la muerte?

Y me pregunto si fueron esos recuerdos los que alimentaron su enfoque en lo que realmente importaba en la vida: correr bien y terminar fuerte.

Estoy segura de que Pablo tenía muchos recuerdos que quería dejar atrás. Sabía lo que significaba elegir, intencionalmente, olvidar lo que estaba detrás de él y ESFORZARSE hacia lo que estaba por delante. Había recibido el perdón y la gracia de Dios, pero también tenía que extender ese mismo perdón y gracia a sí mismo. Tenía que abrazarlo, creerlo y no permitirle más poder sobre su vida. Voluntariamente tuvo que elegir olvidar y dejar la pena, el dolor y la culpa en su pasado o no podría seguir adelante.

Y al igual que Pablo, nosotras debemos hacer lo mismo.

Hay un estrés en moverse hacia el futuro. Pero una vez que buscamos el perdón de Dios debemos abrazarlo, creerlo y permitir que el pasado permanezca en el pasado. Sé que eres tentada, pero no lo traigas al futuro contigo.

“Olvidando lo que queda atrás y extendiéndome (esforzándome) por lo que viene…”

Debemos esforzarnos en avanzar; avanzar al dejar ir, avanzar al  abrazar el perdón que se encuentra sólo en Jesús y avanzar hacia una nueva vida con Cristo.

Pablo perdió su religión y su reputación en ese camino polvoriento –todo a lo que una vez le tuvo cariño en la vida– pero ganó mucho más de lo que perdió.

Él ganó a Cristo.

Y al igual que Pablo, Jesús se encuentra con nosotras en los “polvorientos” caminos de nuestra vida, interrumpiendo nuestros planes de viaje con una nueva vida que está llena de perdón, propósito y alegría inexplicable. Es un llamado, no a la perfección religiosa, sino a una carrera llena de gracia mientras viajamos con Jesús.

“No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto…” – Filipenses 3:12

Amiga, suelta el equipaje de tu pasado que te agobia. Deja ir las expectativas de desempeño que te estás poniendo a ti misma. Ninguna de nosotras “triunfará” hasta el día en que veamos a Jesús cara a cara. Hasta entonces corremos, nos esforzamos, seguimos hacia el cielo.

Corremos nuestras mejores carreras y alentamos a otros en la suya. Nos damos cuenta de que la vida no es una carrera de velocidad, sino un maratón. Mantenemos nuestro objetivo en mente mientras nos enfocamos en lo que nos espera. Sabemos que algunas partes de la carrera pueden ser más difíciles que otras; en algunos puntos desaceleramos y en otros tramos aceleramos… y está bien. No se trata de la velocidad con la que corremos nuestra carrera, sino el hecho de que permanecemos en ella y seguimos adelante en esos duros días para ganar el premio.

Así que aquí está nuestra estrategia de carrera:

  1. Olvida lo que está atrás.
  2. Extiéndete hacia lo que está adelante.
  3. Abraza a Jesús.

¡Lo tienes, chica! ¡Te animamos mientras corres tu carrera para la gloria de Dios!

Por: Ángela Perritt

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