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¡No te escondas!

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Compartir nuestro testimonio hace que se cumpla una de las promesas más grandes de Dios, que el Cielo venga a la tierra.

En los próximos días me gustaría compartir contigo 7 claves para traer el Cielo a la tierra y para ocupar tu lugar como embajador(a) del Reino de los Cielos. ¿Estás preparado(a)? ¡Vamos a analizar la primera clave!

Un lector de Un Milagro Cada Día me escribió recientemente, y me expresó su frustración con respecto a compartir su fe con otras personas: “No consigo hablar de Jesús en mi entorno. No sé cómo abordar el tema por miedo a equivocarme, o de que alguien se pueda sentir juzgado por mí. Sin embargo, tengo ese deseo de dar testimonio de mi fe, oro por ello. ¿Qué debo hacer?”  

Entiendo muy bien esa frustración, ya que yo mismo la he vivido muchas veces. Fue al reflexionar sobre ello cuando me di cuenta de que los demás necesitan lo que tengo, y, sobre todo, necesitan a Quien yo tengo: Jesús. Me di cuenta de que mi testimonio puede ayudar a otras personas a conocer a Jesús.

La primera clave, por tanto, es esta: Comparte tu testimonio con los demás. 

¡Te invito a aceptar lo que implica tu posición de hijo(a) de Dios! ¿A quién crees que se dirigió Jesús cuando declaró “Vosotros sois la luz del mundo...”? (Mateo 5:14). Él se lo decía a Sus discípulos, y tú eres también uno de ellos, si has decidido seguirle. ¡No puedes guardar para ti solo un tesoro tan grande! Eres llamado(a) a compartirlo con las personas a tu alrededor.

Jesús continuó diciendo: “Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:15-16). 

¿A que sería absurdo encender una lámpara para esconderla tan pronto está encendida? Un(a) hijo(a) de Dios que no resplandece (por miedo, por vergüenza o aun simplemente porque no tiene consciencia de su luz...) es como esa lámpara de la que hablamos: brilla bien, todo funciona en ella, pero nadie se beneficia de su luz porque está escondida.

Querido(a) amigo(a), ¡puedes brillar con una claridad e intensidad tan grandes! Puedes brillar por tu sensibilidad, por tu capacidad de organización, por tu alegría, por tu vida ejemplar, por tu vida de familia, por tu sentido del trabajo en equipo, o aún por la manera en la cual superas las pruebas de la vida, tales como el duelo o la enfermedad.

Dios declara sobre tu vida que ha puesto intencionalmente en ti Su “luz que alumbra a todo hombre”, como un  faro en la noche que lleva a los barcos a buen puerto.

¿Qué decides? ¿Prefieres vivir angustiado, o dejar de preocuparte por lo que la gente piense y empezar así a compartir tu testimonio y la luz de Dios en tu vida con los demás? Hoy el Señor te llama a compartir Su gozo al ver a personas acudir a Él gracias a tu testimonio. ¡Dios quiere obrar a través de ti! ¡Ve y brilla para Su gloria!

Gracias por existir,
Éric Célérier

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