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No más adivinos

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No es posible que un problema pueda resolverse si esperamos que los involucrados “adivinen” que dicho problema existe.

No sé tú, pero yo llegué al matrimonio con una lista, aunque quizá no estaba consciente de ella. Era una lista de todo lo que mi esposo debía ser: amigo, amante, consejero profesional, experto en relaciones humanas, licenciado en organización, doctor en problemas emocionales, contador y muchas otras cosas más, pero sobre todo, adivino. 

Sí, adivino. No para que adivinara mi futuro, sino adivino de mis pensamientos, emociones y reacciones. Yo quería que con solo mirarme él supiera lo que yo estaba pensando; que sin yo decir nada él pudiera, de alguna manera “sobrenatural”, saber si estaba triste, preocupada, cansada, frustrada, dolida, etc.

Recuerdo más de una discusión que comenzó porque él no había “adivinado” lo que me pasaba. Me encerraba en mi mundo, muy frustrada y resentida, preguntándome cómo era posible que este hombre, al que yo amaba tanto y que sabía me amaba igual, fuera tan "insensible" a mi problema o a nuestro problema.

Sin querer estaba creando un vacío y no estaba dispuesta a tender el puente. Él tenía que “adivinar” la solución. En otras ocasiones, cuando mi actitud hacía evidente que algo me estaba sucediendo, cuando él me preguntaba yo solo le contestaba: “¡Nada!” 

¿No te ha pasado? 

Gracias a Dios mi esposo, que quizá no sea todas esas cosas de la lista que mencioné arriba pero es un hombre lleno de amor, enseguida captó cuál era el problema y con mucha paciencia y sabiduría me fue demostrando que en las relaciones humanas “adivinar” no funciona. Y mucho menos en el matrimonio. 

Este problema de la “adivinación” se presenta en otros tipos de relaciones. Nos pasa con amigos, familiares, con los hijos; pues esperamos que, sin decirles, ellos sepan que algo nos molestó, nos incomodó. Y hasta llegamos a cuestionar la relación en base a nuestra percepción irreal del problema que se resolvería si quitáramos el factor “adivinar” y lo sustituyéramos por “comunicar”. 

Comunicar lo que sentimos, lo que nos duele, lo que nos molesta o nos frustra puede ser difícil, sobre todo si no estamos acostumbrados a hacerlo, pero es muy saludable. No es posible que un problema pueda resolverse si esperamos que los involucrados “adivinen” que dicho problema existe.  

Recordemos que son relaciones humanas, y como tal funcionan. Solo Dios conoce tu corazón y tu mente sin que pronuncies palabra alguna. Los demás necesitamos de la comunicación para entendernos. Dice la Biblia en Proverbios: “Y la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!” (Proverbios 15:23).

Así que, si todavía estás luchando porque quieres tener “adivinos” en tu vida, quítales esa carga, no te hace bien a ti ni tampoco a ellos. A fin de cuentas, hasta Dios, que todo lo sabe, espera que seas tú misma quien le cuentes qué te aflige, tus anhelos, tus preocupaciones... ¡clama a mí! (Jeremías 33:3). En eso consiste la oración, es la comunicación por excelencia... y de dos, por cierto, no es un monólogo. 

Si queremos relaciones humanas fuertes y sanas tenemos que proponernos romper el ciclo de frustración por falta de comunicación y usar bien, con sabiduría, esta hermosa capacidad con la que Dios nos creó: hablar.

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