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¡Nada está perdido con Dios!

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Sea lo que sea por lo que estés pasando, Dios puede restaurar tu vida completamente.

Hoy vamos a seguir estudiando la historia de la sunamita, esa mujer que soportó con coraje una prueba terrible: la de perder a su hijo.

Esta mujer, en su dolor, escogió la actitud correcta: decidió buscar inmediatamente la Presencia de Dios, sin dejar que la autocompasión embargara su vida.

La recámara donde esta mujer depositó a su hijo fallecido es lo que podríamos llamar la “habitación del dolor”. ¡Ella no se quedó en la habitación del dolor! Aun cuando algunos de nosotros quizá hubiésemos optado por encerrarnos en ella, esta mujer se fue corriendo a buscar al profeta (mira 2 Reyes 4:22). Su hijo sin vida llevaba ya varios días tendido ahí cuando el profeta Eliseo vino y lo resucitó, tal como lo dice en 2 Reyes 4:33-35.

Querido(a) amigo(a), ¿cuál es tu habitación del dolor? ¿Qué tienes en ella? Aprovecha hoy la oportunidad para abrir la puerta y dejar a Dios infundir vida en esa sala de tu vida. Esta sunamita no fue una gran heroína de la fe: no se habla más de ella en el resto de la Biblia. Fue una persona normal y corriente, como tú y yo, pero decidió aferrarse a Dios en medio de esa circunstancia. ¡Tú también puedes actuar con fe y determinación!

Te propongo que ores conmigo ahora. No tienes que hacer nada complicado, no tienes que hacer complicadas oraciones, ni cumplir con ritos ni nada por el estilo para obtener el favor de Dios. Él está ahí contigo, así que:

- Abre tu corazón delante de Dios.

- Deja fluir tus lágrimas, tu pena, quizá incluso tu ira.

- Pídele la capacidad sobrenatural de ver tu prueba como una oportunidad para crecer.

Ten momentos de silencio en los que puedas escuchar todo lo que Dios quiere revelarte, Él quiere fortalecerte y afianzarte.

Estoy convencido de que, sea lo que sea por lo que estés pasando, no hay nada imposible para Dios, y Él puede restaurar tu vida completamente. Dios te oye y comprende cada uno de tus suspiros.

Deja que Dios aligere tu carga, que quite de ti tu pena y tu agobio, y que lo cambie por Su gozo. Dios camina a tu lado y quiere confortarte. 

Gracias por existir,
Éric Célérier

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