Mi talón de Aquiles

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Deja que el Señor te transforme, sin importar cuántas veces caigas y te equivoques.

¿Conoces la historia de Aquiles? Aquiles, el de los pies ligeros, era un héroe de la mitología griega, un guerrero casi invencible que tuvo un papel predominante durante la guerra de Troya (si no conoces la historia o no has leído la Ilíada, quizás hayas visto la película). Durante la famosa guerra entre griegos y troyanos, Aquiles mata a Héctor que, te confieso, es mi héroe favorito de toda la epopeya de Homero y, finalmente, Paris mata a Aquiles atravesando su talón con una flecha.

El único punto débil de Aquiles era su talón derecho, porque según el poema Aquileida, escrito por Estacio en el siglo I, su madre, Tetis, trató de hacerlo inmortal sumergiéndolo en la laguna Estigia, pero el talón por el que lo sujetaba no llegó a tocar el agua, lo que dejó ese único punto vulnerable en el cuerpo de Aquiles.

De ahí la expresión sobre el talón de Aquiles que se utiliza para señalar una debilidad. Claro que siempre me pregunté por qué Tetis no lo agarró después por otro lado y sumergió ese talón ¿no? Pero esa es otra historia.

Mi talón de Aquiles es mi boca. También lo es la impaciencia. Y el querer que las cosas se hagan a mi manera y en mi tiempo. Y ahí empiezan a surgir las malas reacciones, la impaciencia, las palabras fuera de tono, fuera de tiempo… Bueno, son varios “talones de Aquiles”. Pero todos se relacionan. Todos tienen que ver con el control. Cuando las cosas no salen como yo creo que deberían salir, me descontrolo.

Ese es mi verdadero talón de Aquiles. Esa es mi debilidad. Puedo encontrar muchas justificaciones para mi mala actitud, pero no lo voy a hacer, no lo debo hacer, debo reconocer mi fallo, confesar mi pecado y buscar cambiar. Y, para hacer eso, me puse a pensar en 1 Pedro 3:3-4

Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios.”

¡Ah, cómo quisiera que Dios me hubiera dado un espíritu afable y apacible en lugar de un espíritu crítico e impetuoso!

Muchas veces nos olvidamos de que la verdadera belleza de una mujer está, precisamente, en nuestro espíritu, en nuestra forma de ser. No tiene que ver con nuestra apariencia; no es ir bien vestidas o bien peinadas o bien enjoyadas lo que nos hace ser bellas. Esa es la belleza que ve el mundo… pero no la que ve Dios.

Para Dios la belleza viene de un espíritu afable y apacible. Viene de lo que eres, no de lo que llevas puesto.

¡Ah, pero qué difícil es para mí tener esa clase de espíritu! Así que, una vez más, me comprometo a orar para que el Señor me haga una mujer afable y apacible.

Que me ayude a controlar lo que digo y cómo lo digo.

Que me ayude a controlar mis reacciones.

Que me ayude a ser paciente.

Que me ayude a tener autocontrol.

Que me ayude a no perder el gozo.

Nada más lejos de mi carácter.

Pero, en el fondo, ¿no trata de eso la vida cristiana? ¿De ser transformadas, de ser nuevas criaturas, de renunciar al viejo hombre… de ser cada día más como Cristo?

Renunciar. Cambiar. Caer. Levantarnos. Renovar nuestro entendimiento. Volver a caer. Volver a levantarnos. Seguir transformándonos a la imagen de Cristo.

No nos pongamos en medio de la obra que el Espíritu Santo está intentando hacer en nosotras. No nos aferremos a nuestra forma de hacer las cosas, al “yo soy así”. ¡Avancemos!

¿Cuál es tu talón de Aquiles? ¿De qué pie cojeas? ¿Cuál es tu mayor debilidad? Deja que el Señor te transforme, sin importar cuántas veces caigas y te equivoques.

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