Mi Dios

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Aunque pasemos por las más adversas circunstancias, nuestra fe siempre podrá asirse de una de Sus promesas.

“¿No eres tú desde la eternidad, oh Señor, Dios mío, Santo mío? No moriremos. Oh Señor, para juicio lo has puesto; tú, oh Roca, lo has establecido para corrección”, Habacuc 1:12

El profeta está envuelto en la aflicción. No conoce qué ocurrirá en los próximos días, pero sabe que su situación no es buena, que se avecinan tiempos de lágrimas en los que no estará seguro de su propia vida. Sin embargo, considera lo que Dios es para él y en tres títulos expresa esa realidad.

Primeramente le llama Señor, en el texto hebreo Jehová. Es el Dios eterno, el inmutable, el que dijo de sí mismo: “Yo soy el que soy”. Para Él el tiempo no transcurre, los siglos no le afectan, las circunstancias no alteran su condición. Tan inmutables como Él son Sus promesas.

Tal vez pasemos por las más adversas circunstancias y nos rodeen innumerables pruebas, pero nuestra fe siempre podrá asirse de una de Sus promesas: “No te dejaré ni te desampararé… Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” (Josué 1:5b, 9b).

Una segunda razón produce profunda calma porque, como el profeta, podemos decir que Dios “es Santo”. Esto es, siempre obra con justicia. Todo cuanto hace y permite descansa tanto en Su justicia como en Su amor. Nada hay que se produzca en nuestras vidas que no esté bajo Su control. El que dio a su Hijo por nosotros no permitirá nada que no sea para nuestro bien.

A nuestro pensamiento -limitado y pobre- la situación que atravesamos nos podrá parecer sólo una derrota, pero hemos de verlo bajo la visión de la fe, para poder decir: “en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó”, pudiendo estar seguros de que nada “nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús” (Romanos 8:37, 39).

Con esto tendríamos suficiente para sentir profunda paz aunque nos rodee la tormenta más fuerte y el turbión más violento nos azote. Pero, todavía hay más. Dios es también nuestra Roca. Es el que sostiene con seguridad nuestra vida. Bajo nuestros pies ya no hay lodo cenagoso que nos impide estar firmes, sino la Roca de los siglos que nos sustenta y no permite que fracasemos.

En Él estamos también seguros. La Roca que nos sustenta se abre para nosotros como fortaleza y refugio: “…roca mía y castillo mío, y mi libertador… mi escudo… mi alto refugio” (Salmo 18:2). La fidelidad, la justicia y la seguridad rodean mi vida.

Aún debo ver algo más; el profeta dice que es “mi Dios”. Sí, es mi Dios personal. Está atento a mis necesidades, viendo mis pasos, conduciendo mi camino, enjugando mis lágrimas, dando reposo a mis inquietudes, alentándome en mi flaqueza. ¡Que bendición! Las pruebas por las que pase, las aflicciones que lleguen a mí, “lo ha establecido para mí corrección” a fin de que sea cada vez más semejante a Él. Por eso puedo decir con el profeta: “no moriremos”.

Oración: Padre, gracias porque aunque la tribulación puede ser grande y el camino como un valle de sombra de muerte, la seguridad es cierta: Porque Él vive yo también viviré, estaré satisfecho cuando despierte a Su semejanza. Por Cristo, amén.

Por: Samuel Pérez Millos 

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