¡Menos mal que Dios no es como yo...! (Parte 1)

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La falta de fidelidad es una de las consecuencias más graves de nuestra naturaleza pecaminosa y, en ocasiones, nos hace pensar que Dios es igual.

Dios es fiel. Esa es una verdad que tenemos que creer, aunque nos cueste. Y la razón por la que creo que nos cuesta tanto es porque nosotros no lo somos. Nuestra fidelidad muchas veces oscila entre la duda y el temor… o en serles fieles a otras cosas o personas antes que a Dios. Y este es un problema muy viejo, pues el mismo pueblo de Israel batalló con él una y otra vez.  

Cuando vienen situaciones que amenazan nuestra estabilidad tememos, dudamos de si Dios realmente hará lo que dice y si cumplirá lo que promete. Se nos olvida que él es fiel, es parte de su naturaleza inconmovible. La nuestra, bajo la influencia de un mundo caído e imperfecto, tiende a pensar que tal vez nos falle, que quizá por esta vez los asuntos de otros hagan que los nuestros pasen inadvertidos para Dios. 

Otras veces, cuando las cosas marchan bien, entonces nos creemos que realmente es porque somos muy buenas, diligentes, esforzadas… y cambiamos la lealtad a Dios por la lealtad al “yo”. 

De alguna manera Satanás se las arregla para que creamos o siquiera contemplemos estas mentiras. ¿El antídoto? El mismo que usó Jesús en su contra durante aquel encuentro crucial en el desierto: la Palabra de Dios. Para esos momentos en que nos veamos tentadas a dudar de la fidelidad de Dios, o a cambiar nuestra fidelidad hacia él, usa su Palabra como arma y aférrate a ella. 

Y no olvides esta otra verdad: la fidelidad de Dios no depende de nosotros. Cada mañana él promete renovar su misericordia, su bondad. Lo dice Lamentaciones 3:23. Dios ha hecho un pacto con nosotros a través de la sangre de Jesucristo y es un pacto eterno. Nada lo puede romper (Hebreos 9:15). Él nos ama con fidelidad. ¡Qué gran motivo para darle gracias! 

Quizá nunca te habías detenido a pensar en eso, pero te invito a considerarlo hoy. Dios ha sido fiel. Tal vez sea buena idea que escribas momentos en los que has visto claramente la mano fiel de Dios.  

“Pues el Señor es bueno. Su amor inagotable permanece para siempre, y su fidelidad continúa de generación en generación” (Salmos 100:5, NTV).

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