Me amó primero

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Cuando los problemas nos hacen dudar sobre el amor de Dios, el Señor nos responde con algo que dijo desde el principio.

“Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero”, 1 Juan 4:19

Cuando las circunstancias de la vida son difíciles, los problemas son graves, la salud se quebranta o las pérdidas son grandes, el tentador viene para susurrar a nuestro oído: “Dios no te ama, se ha olvidado de ti”. Procurará hacernos perder la fe generando una duda malévola: “¿Eres de verdad un hijo de Dios? Si fueses hijo suyo, no pasarías por esta prueba, porque Él no puede tratar así a uno de los suyos”.

El versículo de hoy viene en nuestra ayuda con una afirmación contundente y un compromiso personal. Tomemos la segunda parte: Él nos amó primero. Dios ama porque es amor. Por esa causa muestra su amor antes que ninguna otra de sus obras. Cuando nada había sido creado, cuando los astros no giraban en sus órbitas, cuando los ángeles no habían venido a la existencia, el amor de Dios en su gracia salvadora se había manifestado: “Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2 Timoteo 1:9).

Es decir, antes de que dijese: Sea la luz, dijo, por amor, Sea la cruz. Nos amó al encarnarse. Míralo, alma mía, el Eterno hecho un hombre del tiempo y del espacio; el adorado por los ángeles en su trono de gloria, envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Salta en el tiempo y observa su agonía en Getsemaní, cuando la oración se hace con gran clamor y lágrimas, mientras dice: no mi voluntad, sino la tuya. Luego sigue los pasos del amor en un rostro hinchado por los golpes y ensuciado por quienes escupían en él. Ahora obsérvalo cuando es golpeado con saña; cuando los latigazos, en el cumplimiento de la profecía, abrían grandes surcos en sus espaldas (Salmo 129:3).

Observa los hilos de sangre que bajan desde su cabeza a causa de la corona de espinas que han hincado sobre ella. Luego el camino doloroso hacia la cruz. Contempla cuando es acostado sin miramiento alguno sobre el madero y los clavos atraviesan sus manos y sus pies. Allí, totalmente desnudo, es expuesto a la befa de quienes pasando delante de Él inclinan burlescamente su cabeza mientras lo invitan a descender de la cruz. Y luego, el silencio y las tinieblas, en donde el Señor es desamparado de Dios para que Él pueda ampararme a mí.

Todo está terminado, pero aún hay fuerza en mi Señor para gritar el triunfo de la cruz con el consumado es. Después su cabeza se inclina y en una voluntad eterna entrega en oración su espíritu al Padre y gusta la muerte por todos.  Mira su cuerpo recogido en una sábana, con su cabeza envuelta en lienzos, colocado en una tumba.

Me pregunto: ¿Por qué lo hiciste, Señor? Y recibo la respuesta en el versículo: “Él me amó primero”. Un poco más aún. Ha resucitado y ascendido a la gloria, pero en su cuerpo permanecen indelebles para siempre las señales de las heridas en sus manos y la de la lanza en su costado. Y ahora viene a mi encuentro para decirme: Cuando tú aún no existías para poder amarme, yo te amé primero.

¿Qué de la primera parte del versículo? Nada; es suficiente con guardar silencio porque nuestro amor es siempre limitado, mientras el suyo infinito. Amarlo a Él es amar a los hermanos, a los enemigos y saber soportar las pruebas.

Oración: Señor, te amo porque tú me amaste primero. Amén.

 

Por Samuel Pérez Millos

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