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Manifestado en carne

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El amor y sacrificio de Jesucristo no solo se manifestó en la cruz, sino desde el mismo momento en que se hizo hombre.

“Dios fue manifestado en carne”, 1 Timoteo 3:16

Nuestro deseo es estar bien y sentir que tenemos cuanto necesitamos. Por el contrario, no tenemos deseo alguno de asumir dificultades, conflictos y mucho menos poner en riesgo nuestra vida. En el versículo, se llama misterio de la piedad a la expresión suprema de amor y entrega de Dios manifestándose en carne.

El texto expresa el proceso por el cual somos salvos. La salvación es por gracia, de modo que todo cuanto Dios hizo por nosotros es una manifestación de la piedad. Él había determinado salvarnos antes de que el mundo fuese creado, y para ello tendría que ocurrir la muerte del Salvador (1 Pedro 1:18-20). Quien había de morir por nosotros era una Persona Divina. Eso es imposible como Dios, que es vida y no puede experimentar la muerte. Sin embargo, el amor requería que el Salvador muriese en la Cruz por todos. El único modo de hacerlo posible era que se hiciese hombre.

Juan dice que “aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). Aparentemente nos parece que es algo fácil para Dios obrar un milagro como este, pero no lo fue si el propósito era dar Su vida a nuestro favor y ocupar nuestro lugar en la Cruz. Dios tenía que ocupar el lugar de la criatura y pagar con Su misma vida el precio de la redención.

El escritor a los hebreos dice “que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:14-15).

Cuando Dios se encarna se limita a sí mismo, tomando la forma y las condiciones de la criatura. El Infinito se hace un hombre del tiempo y del espacio; el consolador de los afligidos, llora, gime y agoniza en Getsemaní; el que sustenta toda la creación tiene que ser sustentado con el alimento de los hombres; el que nunca duerme velando sobre Su pueblo, experimenta nuestro sueño y se duerme cansado en un barco movido por el temporal; el que como Dios no puede ser tentado, sufre en Su humanidad nuestras tentaciones. 

El que es felicidad suprema, llora ante la tumba de Su amigo Lázaro; el que es vida, muere nuestra muerte para darnos vida eterna; el que es Señor, se humilla al hacerse siervo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Pero, observemos la gloriosa dimensión de la piedad: Jesús, el eterno Dios manifestado en carne, pasa por nuestras limitaciones y humillaciones para poder compadecerse de nuestras debilidades (Hebreos 2:15). ¡Que bendición!

Muchos me podrán dejar abandonado en mis angustias, pero Él está a mi lado. Algunos no entenderán mis caídas, pero Él sostiene mi mano y me levanta. Acaso los más íntimos dejarán de sentir amor por mí, pero siempre estaré rodeado del Suyo. En la más cruel enfermedad se encarga de mullir mi cama (Salmo 41:3). En la soledad y en la angustia estará conmigo (Salmo  91:15). ¡Oh, sí, bendito misterio de la piedad¡

Oración: Dios bueno, recibe el reconocimiento de mi alma y el tributo de mi adoración: Gracias, muchas gracias Señor.

Por Samuel Pérez Millos

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