Mamá imperfecta... y está bien

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Necesitamos aferrarnos cada día a la gracia de Dios si no queremos ser madres frustradas.

Estoy segura de que cuando pasen los años y mire hacia atrás, habrá muchas cosas que quisiera haber hecho diferente como madre. ¿Será porque no puse todo mi empeño, o porque no di prioridad a este rol, o porque no leí suficientes libros sobre la maternidad a la manera de Dios? Creo que no. La respuesta es mucho más sencilla: simplemente porque soy humana y por mucho que me esfuerce nunca seré perfecta. Por lo tanto, en mi función de mamá, como en todas las demás, cometeré errores. 

No hay manera de ser la súper mamá que tú y yo quisiéramos. Si brillamos en una cosa, es muy probable que fallemos en otra. Necesitamos aferrarnos cada día a la gracia de Dios si no queremos ser madres frustradas. Necesitamos entender la misericordia que el Padre nos muestra, incondicional, para no flagelarnos constantemente por los errores que a veces nos hacen quedarnos despiertas en medio de la noche.

Sí, es bueno que aprendamos de los errores, es excelente prepararnos hasta donde sea posible y maravilloso escuchar el consejo de otras madres que nos han precedido. Pero, incluso con todo esto, no seremos mamás perfectas. ¿Y sabes qué? ¡Está bien! Dios no quiere ni espera mamás perfectas.

Él nos ha llamado a este rol consciente de que muchas veces tendremos que venir a Su presencia pidiendo auxilio, con preguntas para las que no tenemos respuesta, con lágrimas, con preocupaciones, con temores. ¡Pero eso es justamente lo que tu Padre celestial desea! Él quiere que seamos mamás dependientes de Su sabiduría, de Su gracia, de Su misericordia y de Su amor. Y que confiemos en que la vida de nuestros hijos está, más que nada, en Sus manos.

Meditaba en algo que a la vez me hizo pensar en mi rol de mamá. ¡Cuántos sueños tenemos cuando nuestros hijos nacen! Anhelamos para ellos un futuro brillante, victorias, premios. Deseamos de todo corazón que tomen decisiones acertadas, que no se desvíen ni a derecha ni a izquierda. Quisiéramos evitarle todo dolor. Que pudieran pasar por la vida sin magulladuras. Que los errores que plagaron nuestra juventud no sean los de ellos… Y soñamos muchas otras cosas.

Sin embargo, mientras meditaba en todo esto y pensaba en las mamás que batallan con todo lo anterior, un pensamiento se apoderó de mi mente: la mejor oración que tú y yo podemos hacer por nuestros hijos es que el plan de Dios se cumpla en sus vidas.

No siempre es fácil orar de esa manera, porque los planes de Dios, aunque siempre son los mejores y tienen como meta nuestro bien, muchas veces requieren situaciones que preferiríamos evitar según nuestros criterios humanos.

No creo que José hubiera escogido ser vendido como esclavo ni estar en la cárcel de Egipto. Pero Dios tuvo que hacerlo pasar por todo aquello para que luego pudiera ocupar el lugar que le dio. Quizá Ester hubiera escogido otra cosa y no ser parte del harén del rey de Persia, pero su decisión valiente salvó a toda una nación.

Y por supuesto, Jesús hubiera preferido pasar la copa de la muerte, pero si lo hubiera hecho, yo no estaría escribiendo este blog ni tú estuvieras leyéndolo. Y los tres, José, Ester y Jesús, tuvieron madres humanas como nosotras que de seguro nunca hubieran escogido el camino que sus hijos tuvieron que recorrer… ¡pero el plan de Dios siempre es mejor!

Mi amiga lectora, con estas palabras quiero animarte. Primero, deja de anhelar ser perfecta y vive en la gracia de Dios. Depende de Él para ser mamá. Y no olvides que la mejor oración que puedes hacer por tus hijos, el mejor anhelo que puedes albergar, es que los planes de Dios se cumplan en sus vidas. Ellos necesitan tener un encuentro con Él y depositar sus vidas en las manos del Autor. Nuestra función es mostrarles el camino y confiar en Jesús para el resto. 

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