¿Mamá Hulk?

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Hasta el más valiente se llena de miedo cuando “mamá Hulk” viene caminando por el pasillo. Aprende cómo evitar volverte un gran monstruo verde.

Unos días atrás estaba con mis hijos en la juguetería y en el pasillo de los personajes de Marvel el más pequeño gritaba una y otra vez “yo soy Capitán América”, mientras que el más grande gritaba aún más alto “yo soy Spiderman”. Luego me miró y me preguntó: “y tú mami, ¿quién eres?” Me quedé suspendida por un momento mientras observaba a todos los personajes y en mi corazón solo pude responder “soy Hulk”.

En realidad no me pongo musculosa ni verde cuando me enojo, pero esa furia es la que mis hijos reciben de mí cuando me lleno de enojo. Mi ira no se manifiesta estrellando platos o agrediendo física o verbalmente a mis hijos, pero mi corazón no responde con ternura ni paciencia. Hasta el más valiente se llena de miedo cuando “mamá Hulk” viene caminando por el pasillo.

Pero, ¿por qué me pasa?

Hay mucha similitud entre mi condición y la de Hulk. Este personaje heredó los genes mutados de su padre que modificaron su ADN y luego de ser expuesto a los rayos gamma se convirtió en un súper monstruo que estalla en furia cuando experimenta estrés.

¡Uf! Cuánto se parece a mi historia. También heredé la condición caída de Adán y ahora tengo una naturaleza pecaminosa que me predispone a explotar con ira cuando las cosas no salen bien.

Mis detonantes son:

Cuando mi comunión con Dios está descuidada.

Cuando no medito la Palabra de Dios.

Cuando los niños no me permiten hacer lo que tengo planeado.

Cuando sobrecargo mi agenda de cosas que no son importantes.

Cuando estoy cansada o tengo hambre.

Cuando estoy centrada en mí misma.

No quiero ser Hulk

Hulk siempre será Hulk, pero doy gracias a Dios porque proveyó una solución para todo el que pone su mirada en Cristo. ¡El Evangelio es la cura!

Entender a plenitud el perdón, la misericordia y la gracia que he recibido en Cristo, debe llevarme a extender esos beneficios a mi esposo e hijos.

Estoy convencida de que cuando se me agota la paciencia es porque no estoy mirando correctamente a la cruz; cuando me centro en mí misma no estoy considerando a Aquel que vino a servir, en vez de exigir ser servido.

Meditar y creer lo que Cristo hizo es la fórmula perfecta para echar al Hulk que hay en ti y en mí. Míralo en Efesios 4:32, “Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo.

Tu familia necesita de tu amabilidad y misericordia. Pídele al Señor que abra tus ojos a Su perdón. Esa es la base para poder hacer lo que dicen los versículos anteriores. RECUERDA: sin entender la cruz no habrá fruto en tu carácter.

“Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis oportunidad al diablo… No salga de vuestra boca ninguna palabra mala, sino sólo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan… Sea quitada de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, así como toda malicia” (Efesios 4: 26-27, 29, 31)

¿Quieres ver algunas aplicaciones prácticas de estos versículos?

Airaos pero no pequéis

Cuando te sientas tentada a manifestar tu ira, ¡Detente! Considera a Cristo. Escribe Efesios 4:32 (u otros versículos) en un papel y ponlo en tu bolsillo. Memorízalo y medita en él.

No des oportunidad al enemigo

Cultiva tu relación con el Señor, no descuides tu tiempo devocional. La espada con la que puedes vencer los dardos del enemigo es la Palabra de Dios, satura tu mente con Su verdad.

Descansa, ejercítate (en esta parte estoy frita) y aliméntate bien.

Cuida tus palabras

El texto dice “No salga de vuestra boca ninguna palabra mala, sino solo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan”. ¡Detente y léelo de nuevo!

Nuestros hijos tienen mucha necesidad de gracia, que tus palabras los edifiquen en vez de derribarlos.

Ora como el salmista, “Señor, pon guarda a mi boca; vigila la puerta de mis labios”. (Salmo 141:3)

Desecha la malicia de tu corazón

Identifica cualquier raíz de amargura y arráncala perdonando o pidiendo perdón. Evita los gritos, hablarles alto a tus hijos sólo alejará sus corazones del tuyo.

Pide perdón

Te confieso que fue muy liberador cuando les pedí perdón a mis hijos por haberles hablado con enojo. Se convirtió en una nueva oportunidad de mostrarles que yo también estoy en necesidad de un Salvador.

Y tú, ¿cuál personaje serías? ¿Tienes un poco de “mamá Hulk” como yo? ¿Qué otras cosas te han funcionado para no volverte un gran monstruo verde?

Por Betsy Torres de Gómez

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