Los deseos de nuestro corazón

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El Dr. Stanley nos ayuda a entender una famosa promesa de Dios que, al mismo tiempo, es constantemente malinterpretada.

Leer Salmo 37

El Señor nos ha dado muchas promesas maravillosas. Pero, lamentablemente, una de ellas es malinterpretada con frecuencia. No es raro que alguien me hable de algo que pidió en oración y que añada después: “Dios ha prometido concederme los deseos de mi corazón”.

Esto hace que el Señor parezca más una tienda de juguetes que un Padre sabio. Cuando se interpreta el Salmo 37:4, dentro del contexto correcto, podemos entender el principio de Dios en cuanto a concedernos los deseos de nuestro corazón.

Deleitarse en el Señor (v. 4) significa gozarse en conocer más a Dios y en obedecer su voluntad. Pasar tiempo con el Padre celestial aprendiendo lo que le agrada y pidiéndole discernimiento para tomar decisiones sabias, tiene dos resultados. Primero, el Espíritu Santo armoniza los deseos de nuestro corazón con las Sagradas Escrituras; y, segundo, nos preparamos para recibir bendiciones.

El deleite en Dios se deriva de la dedicación a Él. Cuando encomendamos nuestro camino al Señor (v. 5), permitimos que su voluntad y sus mandatos moldeen nuestros pensamientos, estilo de vida y metas. En otras palabras, reconocemos su derecho a determinar si nuestro anhelo se ajusta a su plan.

Tal vez la parte más difícil para que se nos sean concedidos los deseos de nuestro corazón, es esperar que se materialicen. No obstante, la Palabra de Dios insiste en que descansemos en el Señor y que esperemos pacientemente en Él (v. 7).

Dios promete concedernos los deseos de nuestro corazón en el tiempo de Él, siempre y cuando nuestras peticiones estén en armonía con su voluntad.

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