Lo que realmente cuenta

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Sea que estés satisfecho o no con tu condición laborar, aquí hay una clave para mejorarlo.

Y todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no como para la gente, porque ya saben que el Señor les dará la herencia como recompensa, pues ustedes sirven a Cristo el Señor. – Colosenses 3:23-24

"Un médico que se diagnostica a sí mismo tiene un tonto como paciente", dice el dicho. Para muchos, parte del sueño americano involucra ser dueños de nuestro destino. Por más espléndido que esto parezca, puede estar lleno de dificultades, ya que no siempre sabemos cómo manejarnos. De hecho, quien se esfuerza en ser su propio jefe puede descubrir que tiene un empleado tonto.

Si queremos llevar una vida feliz, el trabajo es uno de esos rompecabezas que debemos armar bien. Cuando nos presentan a alguien, generalmente le preguntamos a qué se dedica. Nunca he escuchado a nadie responder: “Hago crucigramas”, o “Juego al billar”. Quizás juegue al billar, pero esa no es la intención de la pregunta.

Dios nos creó como seres completos. Un aspecto de esa integridad es nuestra necesidad y capacidad de trabajar. Dios puso a Adán a trabajar antes de la caída. El trabajo parece ser uno de los placeres construidos en el paraíso. Nuestro Padre quería que fuéramos útiles y productivos para nuestra propia felicidad y satisfacción personal, así como también para Su gloria. Cuando Adán trabajaba para Dios en el Edén, parecía ser un buen arreglo. Pero Adán decidió ser su propio jefe y, desde entonces, el pecado ha manchado el placer de trabajar junto con las otras glorias del paraíso.

Como quizás sepas por experiencia, a veces debemos inventar formas de evitar el aburrimiento, el agotamiento y la frustración en el trabajo. Un amigo ingeniero teoriza que deberíamos cambiar de trabajo cada cinco años, más o menos. Él así lo ha hecho. Una amiga dejó la enseñanza para convertirse en enfermera.

Estos cambios pueden ser correctos o incorrectos, exitosos o desastrosos. Pero algunas veces necesitamos un cambio radical para llegar a donde debemos estar. Ya sea construyendo puentes o vendiendo sándwiches o enseñando trigonometría, el problema al final del día es quizás menos "¿Quién es el jefe?", y más "¿Quién está realmente a cargo?”.

Si estás luchando con tu trabajo por cualquier razón, puedes intentar un experimento como este. Antes de que comience tu jornada laboral, ora. Pide la presencia del Espíritu en tu día. Pide la bendición de Dios sobre tus compañeros de trabajo y jefes. Ora por tus clientes y por todas las personas con las que tienes citas y reuniones. Ora para que tu trabajo sea una bendición para los demás. Entrega tu día a Cristo. Luego, ve a trabajar confiando en Dios y recordando las palabras de otro que también entregó su trabajo a su Señor y Salvador: “No se preocupen por nada. Que sus peticiones sean conocidas delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4: 6-7).

ORACIÓN: Padre celestial, tú conoces nuestros corazones y las ansiedades que tenemos. Tranquilízanos por tu Espíritu para ver el trabajo que hacemos y las personas a las que servimos como oportunidades bendecidas para glorificarte. En el nombre de Jesus. Amén.

Para reflexionar:

1. Sea que estés satisfecho o no con tu condición laborar, ¿qué puedes hacer para mejorarla?

2. ¿Qué puedes hacer para recordar que todo lo que haces es para el Señor y que él te dará tu recompensa?

Por: Jane Fryar

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