Lo que me escribiría a mí misma... más de 20 años después

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La gracia y la misericordia son imprescindibles para cualquier relación exitosa, porque así lo hace Dios contigo.

Era una tarde de abril. ¡Tan jóvenes los dos! No sé muy bien si estábamos completamente conscientes de cómo todo cambiaría a partir de aquel “sí”, pero de algo sí estoy segura, éramos felices y sabíamos que Dios nos había llevado hasta aquel lugar. Si pudiera escribir una carta a la Wendy de aquel entonces sería algo así: 

Querida Wendy:

Estás a punto de tomar una de las decisiones más importantes de tu vida. ¡Cómo me alegra verte feliz! ¿Ves que valió la pena esperar? Sí, yo sé, quizá pensaste que es imposible llegar a ver el sueño hecho realidad, pero no si confías en el plan de Dios para tu vida. 

Es verdad, el camino que tienes por delante estará lleno de desafíos. Permanecer juntos “en las buenas o en las malas, en riqueza o en pobreza, en salud o enfermedad y hasta que la muerte los separe”, es un reto grande en la vida de cualquier ser humano. Pero no olvides que todo este asunto del matrimonio fue idea de Dios, así que cuando no sepas cómo seguir, él tiene la respuesta. Y la fortaleza. 

No, no le creas al enemigo. Ustedes están haciendo un pacto con Dios. Si permanecen fieles, él también lo hará. Y los llevará adelante. No importa que tus padres se hayan divorciado, la historia no tiene por qué repetirse porque en Cristo todas las cosas son hechas nuevas. Así que sonríe y desecha las dudas. 

Qué bueno que ahora puedes mirar atrás y saber que en aquellos días en que pensaste que nunca encontrarías al “príncipe azul” y que tu adolescente corazón roto no se enmendaría, ahora son solo historia. 

Qué bueno que, aunque no todo fue como ahora quisieras haberlo hecho, escuchaste la vocecita dentro de ti que te aseguraba que lo mejor estaba aún por llegar. 

Sí, en los años que vienen irás cambiando. Vendrán las canas, las marcas de la maternidad, las inseguridades de no saber siempre si están haciendo bien todas las cosas. Pero tranquila, ustedes son un equipo de tres, y con Dios de por medio todo es posible. 

Recuerda que estás casándote con un ser humano, frágil e imperfecto como tú. Ámalo tal y como quisieras que él te amara a ti. No olvides que la gracia y la misericordia son imprescindibles para cualquier relación exitosa, porque así lo hace Dios contigo. Sé humilde para pedir perdón. No hay un buen matrimonio si el orgullo se interpone. 

Este hombre al que ahora unes tu vida tiene una gran responsabilidad sobre sus hombros, ser el líder de la familia que están formando. Decide apoyarlo y no ser un estorbo. Ora por él cada día, es lo mejor que puedes hacer. Abrázalo a diario, bésalo. Dile cuánto lo admiras. Muéstrale cuánto le amas. Y que tu actitud sea de respeto. 

Sí, el matrimonio es trabajo duro. Pero nada que valga la pena en la vida se logra sin esfuerzo.

Y no olvides, disfruten la vida. Es un regalo que Dios les ha dado. Disfruta tu día de bodas y cada uno de los días que el Señor les conceda en la tierra. Vivan como Dios lo diseñó, así triunfarán y les dejarán a los hijos que Dios les conceda el mejor legado posible. 

P.D. Te escribo muchos años después, y todo está bien. ¡A Dios sea la gloria!

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