Lealtades Divididas (Parte 2)

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Si no tenemos claro a quién somos leales con nuestro dinero, vamos a tener principios de vida divididos: unos para la iglesia y otros para afuera. ¿Cómo podemos cambiar?

Cuando hablamos de dinero, los latinos de hoy vivimos una dualidad impensable desde el punto de vista bíblico. Santiago nos dice que es imposible que de una misma fuente pueda salir agua dulce y amarga, y, sin embargo, de alguna manera, en pleno siglo 21, nos hemos convertido, espiritualmente hablando, en ¡verdaderos ingenieros hidráulicos!

Por un lado amamos al Señor y queremos buscar primeramente el Reino de Dios y su justicia; pero por el otro nos cuesta desprendernos de “todas estas cosas”.  Queremos servir a Dios, pero también deseamos buscar primeramente las comodidades que nos ofrece el mundo de hoy.

Por eso, siendo que queremos las dos cosas al mismo tiempo y que es un hecho el que Dios y Mammón no se llevan muy bien como jefes de una misma vida, hemos recurrido a una interesante solución: la esquizofrenia espiritual.

Tenemos en nuestras iglesias una masa de cristianos espiritualmente esquizofrénicos. Cristianos con dos personalidades diferentes. Por un lado, la personalidad de la “vida cristiana” y, por el otro, la de la “vida real”.

Es por eso que muchas veces, por lo menos en EE. UU., tratamos de hacer las actividades especiales, seminarios y talleres, cuando la gente “está”.  Porque cuando están, tienen a flor de piel su “personalidad cristiana” y se puede contar con ellos, ¡y son cristianos magníficos!  Pero cuando no tenemos un culto planeado... ese es otro cantar. Ahí es que Don Pedro, tan buen cristiano los domingos y los miércoles, se nos acerca y nos susurra al oído “Pastor... perdone, yo sé que hay visitación el sábado, pero...”

Lo que Don Pedro en realidad nos está diciendo es: “Pastor, yo lo aprecio mucho y no quiero tener problemas con usted, pero no le doy permiso para que me invada mi vida ‘real’ del sábado por la tarde. Estoy muy ocupado con ‘las otras cosas’ y ya le he dado más que suficiente al Reino de Dios y su justicia esta semana...”

Es esa esquizofrenia religiosa la que nos lleva a dividir al mundo entre “secular” y “cristiano”.  Es esa lucha de lealtades la que nos lleva a tener principios de vida pragmáticamente divididos: unos para dentro de la iglesia y otros para afuera.

Ideas creativas

Nidia y su esposo son cristianos muy respetados en su iglesia. Ganan bien y diezman con regularidad. Nidia me llamó por teléfono y me dijo: “Andrés, mi esposo y yo, en vista de los problemas económicos que tenemos, hemos decidido tomar nuestras tarjetas de crédito, salir de compras, llenarlas hasta el tope, declararnos en bancarrota y volvernos a nuestro país. Creemos que el Señor nos está guiando a volver a nuestra tierra.”

Después del shock inicial, recuerdo alcanzar a preguntar: “Nidia, ¿no cree que salir a comprar y presentar su tarjeta de crédito sabiendo que usted no le va a pagar al comerciante es como...  inmoral?” No. No se le había ocurrido.

Pero nuestras decisiones económicas, por ser “decisiones secretas”, siempre revelan los valores y principios que tenemos en lo profundo de nuestras vidas. Entonces, una vez más la forma en la que manejamos nuestro dinero es una expresión externa de una condición espiritual interna.

Revertir una tendencia creciente hacia el pragmatismo, hacia el superficialismo religioso y hacia una vida cristiana afectada por las reglas que rigen nuestra sociedad de consumo, es una tarea ardua y difícil para el liderazgo latinoamericano.

Hay dos cosas que podemos hacer a corto plazo:

1. Enseñar que “ser” es más importante que “hacer”.

En nuestras iglesias, por ejemplo, deberíamos dejar de hablar solamente del diezmo (como un tema aislado) y deberíamos empezar a enseñar principios bíblicos de administración integral.  Deberíamos empezar a cambiar mucho más que las actitudes superficiales de nuestra gente (como por ejemplo: asistir a la iglesia los domingos o traer sus diezmos todos los meses) y tendríamos que apuntar hacia el ver cambios en su carácter.  Tenemos que enseñar, en primer lugar, que el “ser” es mucho más importante que el “hacer”.

A Dios le importa más quiénes somos nosotros y no tanto lo que nosotros hacemos. En Isaías 58 es obvio que Dios rechaza el “hacer” de Su pueblo (asistir con regularidad al templo, ayunar y orar) y los desafía a un cambio en su “ser”: un cambio en sus principios económicos, morales y espirituales. Dios no está en búsqueda de gente que asista a todas las reuniones o que cante cantos más lentos o más rápidos. Dios busca un cambio en nuestro carácter, en nuestra forma de ser.

Como decía una vez el evangelista Alberto Mottesi en una reunión de comunicadores sociales en Anahein, California, “tanto en el diccionario como en la vida real, ‘carácter’ siempre viene antes que ‘carisma’”. El problema en nuestros días es que en la iglesia latina hay gente que busca con ansiedad el carisma pero están huecos en la profundidad de su carácter.

“¿Vergüenza?” –me dijo un niño durante mi primer trabajo como líder en un campamento de LAPEN– “...¡vergüenza es robar y no poder escapar!” 

Cuanto más viajo por nuestro continente, más me pregunto ¿cuántos adultos cristianos tienen la misma filosofía de vida?

2. Liberar a nuestro pueblo de la esclavitud financiera.

Finalmente, deberíamos apuntar hacia la liberación económica de nuestro pueblo. De nada vale tener las intenciones de servir al Señor si, en realidad, somos esclavos de nuestra situación económica.

El problema de las deudas y el crédito no es sólo un problema norteamericano. Las familias cristianas latinoamericanas estamos sufriendo por malas inversiones, por préstamos y por golpes económicos inesperados desde Méjico hasta la República Argentina.

Comenzando con los mismos pastores y líderes de la iglesia, deberíamos ayudar a nuestra gente a liberar recursos económicos que están atados en préstamos con familiares, amigos o tarjetas de crédito, para re-invertirlos en satisfacer las necesidades de sus familias y proveer para la extensión del Reino de Dios.

Si, por ejemplo, cada cristiano hispano en EE. UU. pudiera liberar unos 50 dólares mensuales (un 2-3% del salario medio), a fin de año podríamos tener unos ¡tres mil millones de dólares disponibles para la Obra del Señor!  (asumiendo que somos unos 5 millones de creyentes hispanos en Norteamérica).

Supongamos que sólo pudiéramos hacerlo con el 10% de esos creyentes, de todas maneras podríamos crear un fondo de unos 300 millones de dólares para la obra misionera o para algún proyecto evangelístico. ¿Podríamos imaginarnos el llegar a Costa Rica o Guatemala, por ejemplo, con 300 millones de dólares bajo el brazo para invertirlos en evangelizar el país? ¿Qué podría pasar? La iglesia hispano-parlante tiene un potencial que todavía no hemos descubierto. El problema está en que sus miembros, aunque quieran, no pueden dar porque son esclavos de sus finanzas.

Reflección final

Si liberamos a nuestra gente de las ataduras de su esclavitud financiera...

Si les enseñamos que dar es mejor que recibir...

Si desarrollamos una nueva relación con Dios en la que ya, en esta sociedad de consumo, dejamos de “consumir” a Dios como un “proveedor de servicios” y lo entronamos como nuestro Rey y Señor de cada día...

Si apuntamos en nuestros mensajes más hacia lo que Dios requiere de nosotros y menos a “lo que Dios puede hacer por ti”...

Si predicamos más sobre el “arrepentimiento, confesión y conversión” en vez de “la gloria, el poder y las riquezas del cristiano”...

Si logramos entender que lo que Dios requiere de nosotros no es más oración, más cultos y más ofrendas, sino un carácter firmemente cimentado en el carácter de Cristo...

...entonces, puede ser que Don Pedro se nos acerque un día de estos y, en voz baja, nos susurre al oído: “Pastor... ¡cuente conmigo!”

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