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Las multitudes piden sangre

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Cuando estemos delante de Dios, nadie podrá ocultarse tras la excusa de haber seguido a los demás.

Llegamos al momento dramático. Ya Jesús había sido apresado. Judas lo había traicionado. Ahora es el pueblo quien tiene que tomar la gran decisión a la sombra misma de la cruz.

Es de mañana en las calles de Jerusalén. La multitud se amontona y el Presidente Pilato pregunta: "¿Y qué hago con Jesús el Mesías?" (Mateo 27: 22) Y todo el pueblo, que anteriormente había visto los milagros de Jesús, este pueblo que había oído Sus enseñanzas, que había visto a los muertos levantados, a los leprosos sanados, de repente cambia de opinión.

¿Qué dice la Biblia? Que se dejaron convencer por los líderes y los ancianos del pueblo, que se dejaron arrastrar. Y cuando Pilato les pregunta: "¿Qué hago de Jesús?" comenzaron a vociferar: "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!" En sus corazones sabían que estaban obrando mal.

Las masas demasiadas veces se dejan engatusar ciegamente por unos pocos líderes. Pero son los individuos dentro de la masa los que tienen que pagar las consecuencias. El individuo que forma parte de la masa es responsable ante Dios. Usted puede ocultarse a la vista de los demás, pero a los ojos de Dios, jamás. Jesús dijo: "El que no está a mi favor está en contra mía” (Lucas 11: 23).

La Biblia dice: Satanás, el dios de este perverso mundo, los ha cegado y no pueden contemplar la gloriosa luz del evangelio que brilla ante ellos, ni entender el mensaje de la gloria de Cristo, que es la imagen del Dios invisible (2 Corintios 4: 4).

Y el pueblo tuvo que tomar su decisión. Tuvieron que escoger entre la opinión social de la multitud y Jesús. Nuevamente repito, usted también tiene que tomar esa decisión. ¿Qué hará con Cristo? ¿Va a seguir la opinión de las masas, quizás burlonas, que le rodean; de su vecino, de su pariente? ¿O va a seguir al Bendito y Unigénito Hijo de Dios, Jesucristo? ¿Le abrirá el corazón al Hijo de Dios? ¡Ojalá que sí!

Esta es la mejor ocasión, la mejor hora, para que dentro de las multitudes que le rodean, usted le abra su vida entera a Cristo; para que usted lo reciba como Salvador; para que usted comience a ignorar la opinión de los demás y a caminar con Dios. Eso trae felicidad, alegría, paz y vida eterna al corazón.

La Biblia exhorta: “No amen este perverso mundo ni sus ofrecimientos. El que ama estas cosas no ama de verdad a Dios... pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre" (1 Juan 2: 15, 17).

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