La voz de Dios

Description

La voz del Señor es la única que produce calma en la angustia, paz en la inquietud y aliento en el desánimo.

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras… en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo”, Hebreos 1:1-2

¡Qué extraordinaria afirmación! ¡Dios no ha dejado de hablarnos! Quiere decir que no nos ha dejado solos, se aproxima a nosotros para hacernos oír su voz. No lo hizo sólo por medio de los profetas, sino de muchas otras maneras. El trueno es su voz y todos nos hemos visto obligados a admitir la existencia del Creador, ante el rugido de la tormenta y el fragor de su sonido.

Nuestro Dios es omnipotente y su voz “quebranta los cedros del Líbano” (Salmo 29:5). Esta admirable dimensión suya pone de manifiesto nuestra pequeñez: “¿Tienes tú brazo como el de Dios? ¿Y truenas con voz como la suya?”  (Job 40:9). Como si dijese: Tú no puedes, pero yo tengo todo el poder. La voz del Señor es majestuosa, pero también imponente, de tal modo que quienes la oyeron en la dimensión gloriosa de su Majestad temblaron y se alejaron temerosos, como los israelitas que decían a Moisés: “No hable Dios con nosotros, para que no muramos” (Éxodo 20:19).

Habló también por medio de los profetas, comunicándoles el mensaje y ellos, en Su nombre, nos lo hicieron llegar. La grandeza de Su revelación y Sus determinaciones también nos impactan.

Sin embargo, Dios no siempre habló con nosotros en esa manera, lo hizo de un modo mucho más íntimo, con un “silbo suave y apacible”, para darnos un mensaje de aliento y esperanza. El versículo nos indica cómo lo hizo: “en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo”. ¡Oh, sí, que afecto entrañable! Es la voz más suave y deliciosa que el hombre podía oír. El llanto de un bebé envuelto en pañales y acostado en un pesebre. La voz de un adolescente que conversaba con sus padres. Nos habló en el mensaje de gracia de Su ministerio. Lo hizo con lágrimas y gemidos entrecortados en Getsemaní. Solo guardó silencio en las horas de tinieblas mientras ganaba nuestra paz y alcanzaba nuestra redención. Esa voz del Hijo sigue hablándonos hoy.

Escuchemos la grandeza de su invitación: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” ¿Cómo es posible que yo siga con mis cargas, sufra con mis angustias y llore con mis miserias? Mis lamentos de aflicción, mis palabras de queja, están impidiéndome oír ahora Su voz. No hay ninguna razón para seguir el camino con trabajos y cargas, cuando el Omnipotente está invitándome a entregárselos para que yo alcance descanso.

Es la forma que Dios tiene ahora para hablarme. Lo hace también con gracia si mi angustia es a causa del pecado. Lo hace con amor, si estoy sufriendo. Su palabra en el Hijo es admirable en toda circunstancia, cuando me dice: “No temas; yo soy el primero y el último”. Es la voz que produce calma en la angustia, paz en la inquietud, aliento en el desánimo. Para oír esa voz tendremos que acallar la nuestra. Pruébalo ahora.

Oración: Padre, gracias porque tú has empezado a hablarnos en nuestro tiempo para no callar jamás. Gracias porque cuando lo único que nos queda eres tú, descubrimos que eres siempre suficiente. En el nombre de Jesús.

Por Samuel Pérez Millos

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