La presencia de Dios en medio del COVID-19

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El Dr. Stanley nos recuerda cómo Dios siempre está presente y cómo todos deberíamos tratar este virus como una llamada de atención, en especial aquellos que no han entregado sus vidas a Jesucristo.

Tengo una pregunta que quiero que considere: ¿Dónde está Dios en medio de este coronavirus? Él está donde siempre ha estado, en los cielos gobernando todo lo que existe. La Biblia dice: “Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos” (Salmo 103.19). Él tiene dominio de todo y de todos.

A lo largo de los años, Dios nos ha protegido de muchos desastres. Hemos vivido a salvo entre dos grandes masas de agua, los océanos Atlántico y Pacífico.

Aunque hemos experimentado breves períodos de dolor y sufrimiento en tiempos de guerra y del ataque terrorista del 9/11, hemos sido librados del tipo de problemas y aflicciones que este virus nos ha traído. No está “por ahí” o “por allá”, sino en nuestras calles, en nuestros hogares y en toda nuestra tierra, y se está volviendo más doloroso cada día que pasa.

Aunque sintamos deseos de culpar a alguien por estos momentos dolorosos y letales, debemos mirar al cielo y preguntarle a Dios: “¿Qué está pasando y por qué lo has permitido?”.

¿Hay alguna correlación entre este virus y el aumento alarmante en la tasa de criminalidad, abortos, asesinatos, embriaguez, drogadicción, divorcios, juegos de azar, tiroteos en las escuelas y en el hecho de que son cada vez menos las personas que asisten a la Iglesia? ¿Es porque hemos prohibido la oración en las escuelas y en las actividades públicas, o porque hemos permitido la enseñanza atea en nuestras escuelas y universidades, y la teología liberal en nuestros seminarios?

¿Hemos ignorado las advertencias de Dios durante otros períodos de sufrimiento, hasta el punto de que Él ha decidido desatar sobre nosotros un período de sufrimiento más allá de nuestro control?

Si es así, ¿cómo debemos reaccionar?

Debemos arrepentirnos de nuestros pecados, sean cuales sean, entregar nuestra vida a Dios a través de su Hijo Jesucristo. Debemos asumir la responsabilidad personal de nuestra manera de vivir.

La Biblia es clara: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Eso significa que Dios lo hará, pues tiene la autoridad de perdonarnos a través de la muerte de su Hijo, Jesucristo.

¡Esta es una “llamada de atención”! Esto es más que una enfermedad física; ¡es una advertencia de Dios! Y sería prudente verlo así.

Oración por la restauración y el despertar espiritual en todo el mundo 

Reavívanos, e invocaremos tu nombre. Restáuranos, Señor Dios Todopoderoso; haz resplandecer tu rostro sobre nosotros, y sálvanos. —SALMO 80.18, 19 (NVI)

Señor Dios Todopoderoso, sin duda alguna eres digno de toda adoración y alabanza. Pero yo sé, Padre, que todavía hay muchos que no te conocen como Salvador y, en muchos lugares, tu Iglesia está luchando con dificultades. Por tanto, Padre, vengo ante ti para pedirte tu intervención —ayúdanos a exaltarte. Revive a tu Iglesia en todo el mundo, y envía un despertar espiritual entre todos los que todavía no conocen al Señor Jesucristo como su Salvador personal.

Perdónanos, Señor Dios, por la manera en que tu pueblo se ha alejado de ti. Lleva a tu Iglesia al punto donde tengamos la valentía de reconocer que no tenemos todas las respuestas, que hemos cometido errores, y que nos hemos asemejado al mundo. Guíanos hacia tu sabiduría y enséñanos a hacer tu voluntad. Anhelamos confiar por completo en ti en todas las cosas, y seguirte en obediencia para que otros puedan conocerte y ser salvos.

Dios todopoderoso, por favor, da a tu pueblo hambre de tu presencia, sed de tu justicia y denuedo para proclamar tu Palabra. Dirígenos a las Sagradas Escrituras para que podamos volver a conocerte. Ayúdanos a escuchar tu voz, y guíanos con tu Santo Espíritu para que podamos andar en el centro de tu voluntad y estar alineados por completo con tus propósitos. Danos, por favor, unidad y paz entre nosotros, tu pueblo, para que podamos llevar las buenas nuevas de Jesucristo a quienes están perdidos y pereciendo. Que no volvamos a nuestra insensatez, al arruinar con ella nuestro testimonio entre las personas que nos rodean. Por el contrario, enséñanos a llevar tu mensaje con misericordia, verdad, justicia y gentileza hasta lo último de la Tierra.

Te pedimos que prepares los corazones de los perdidos para aceptar tu salvación. Haz que los incrédulos sientan deseo de tu presencia, y ayúdalos a entender que la salvación solo está disponible a través de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Padre, danos encuentros divinos dondequiera que vayamos, para que podamos predicar tu evangelio, y muchos sean salvos. Envía creyentes a los no alcanzados, incluso a los lugares donde te rechazan, para que personas de todas las naciones, tribus y lenguas te adoren.

Ciertamente, Señor, Tú siempre das lo que es bueno, y tu Palabra nunca regresa vacía —siempre produce fruto. Guía, por tu Santo Espíritu, nuestros pasos hacia aquellos que anhelan conocerte, y danos las palabras que ellos necesitan escuchar. Nuestros corazones anhelan ver a todas las naciones de la Tierra alabar tu santo y maravilloso nombre. La misericordia que nos has mostrado está más allá de medida, y deseamos que la gente de todas partes conozca tu eterna provisión de salvación a través de Jesucristo.

Entonces, Señor, haz que tu pueblo sea una luz para las naciones y un ejemplo del amor y la gracia del Salvador. Que los perdidos lleguen a entender la libertad espiritual del pecado que nos has dado con tanta generosidad. Alabamos todo lo que estás haciendo y lo que harás. Gracias por revivir a la Iglesia en todo el mundo y por traer un despertar espiritual a los no creyentes. A ti sea toda honra, gloria y adoración, ahora y siempre.

Oro, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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